jueves, 19 de octubre de 2017

EL MUNDO DIGITAL Y NUESTROS NIÑOS y II (La atención perdida)

El río Risle cerca de Berville de Félix Vallotton (1865-1925)



«Todos sois hijos de la luz, hijos del día. No pertenecéis a la noche ni a las tinieblas. No nos durmamos, entonces, como hacen los otros: permanezcamos vigilantes y despejados»

San Pablo, 1, Tesalonicenses, 5. 4-6.



Hace unos días paseaba por la calle con mi hija mayor. Varios niños de unos 12 o 13 años se encontraban sentados en un banco. Cuando pasábamos de forma apresurada por su lado note algo que me perturbo; desconcertado y algo aturdido volví mi mirada hacia grupo, y entonces descubrí que aquello que me había perturbado era su silencio: los chicos no hablaban entre sí, cada uno de ellos estaba absorto en su teléfono móvil, moviendo laboriosamente sus pulgares y reconcentrado sobre si mismo. Intrigado pregunté a mi hija: 

—¿Qué hacen?

Ella contestó, —conversan, Papá. 

—Pero, si están callados —repliqué—. 

—Sí Papá, ocurre que lo hacen a través de sus móviles.

Confieso que permanecí unos momentos desconcertado. Ver a niños, codo con codo, físicamente contiguos y comunicándose entre sí a través de un artefacto, me impactó. 

Tomando prestado de Poe el título de su famoso cuento, veo en esta escena el corazón delator de nuestros niños y jóvenes que nos grita, en un silencio elocuente, que algo marcha mal. 

Si recuerdan, terminaba el anterior post dirigiéndoles (y dirigiéndome) una admonición, la de poner pie en pared y hacer frente al enorme desafío que se nos presenta, rompiendo la inercia inmovilista que, casi sin darnos cuenta, nos instala, y con nosotros a nuestros hijos, en un mundo cibernético ingobernable (la Era Oscura de las Pantallas la llama Harold Bloom). 

Vuelvo a repetir, lo que aquí estoy tratando tiene que ver con la vida, con el alma y con las formas de ver y asimilar el mundo. Es por tanto de importancia decisiva. Aunque no cabe duda de que aquello contra lo que hemos de luchar es poderoso y hace gala de una colosal fascinación seductora y letal; lo sé. Se trata por tanto de lucha desigual. Pero vencer no es imposible. 

Y, por si de algo pudiera servir, me gustaría mostrarles una relación de sentencias de autoridad, algunas quizás más poéticas que técnicas, que podrían ayudar en la batalla. Y entre las cuestiones que examinare está, como uno de los asuntos capitales, el de la atención.

Pero antes de nada una advertencia. Sé, por experiencia propia y porque es algo ya estudiado, que si la entrada de un blog ocupa más de 500 palabras (incluso más de los famosos 140 caracteres de Twiter), se corre el riesgo de que el número de sus lecturas disminuya alarmantemente y aunque creo que los que habitualmente leen este blog no encajarían en tales perfiles lectores, anuncio que esta entrada tendrá una extensión inusual (casi seis veces ese límite imaginario). Quiero pensar que el esfuerzo valdrá la pena. Como ha dicho alguien con mucho acierto «algunas cosas toman tiempo, especialmente si tienen que ver con la eternidad» (Philip Anderson, Abad de Clear Creek).

Y sin más dilación comienzo.

Hemos de partir de un hecho incontestable: nos enfrentamos a un problema nuevo, razón por la cual no ha sido objeto de estudio por los antiguos. Sin embargo, la sabiduría no tiene edad y en relación a ciertas cuestiones puede hallarse la ayuda de alguna sabia autoridad. Los peligros advertidos son varios y las llamadas de atención no son pocas. Veamos.

El camino de Chailly en el Bosque de Fontainebleau de Claude Monet (1840-1926)
Lo primero con que me he encontrado es una advertencia antigua: hemos de actuar con cuidado, asegurándonos de no entregarnos a aquello que pueda causarnos un perjuicio. 

En este sentido, Platón, en su diálogo Fedro, recoge un relato de Sócrates que nos ilustra sobre la necesidad de, al menos, recibir con prudencia aquello novedoso de lo que no tenemos conocimiento previo y, en todo caso, no dejarnos seducir por sus prebendas, tratando de examinar objetivamente los posibles inconvenientes que puedan traer consigo. Así Sócrates relata que el rey Tamus tenía como invitado al dios Teuth, inventor de los números, el cálculo, la geometría, la astronomía y la escritura, cuando se produjo la siguiente conversación:

«Tamus entonces le preguntó qué utilidad tenía cada una de las artes o invenciones, y a medida que su inventor las explicaba, según le parecía que lo que se decía estaba bien o mal lo censuraba o lo elogiaba. Así fueron muchas, según se dice, las observaciones que, en ambos sentidos, hizo Tamus a Teuth sobre cada una de las artes, y sería muy largo exponerlas. Pero cuando llegó a los caracteres de la escritura: «Este conocimiento, ¡oh rey! Dijo —dijo Teuth— hará más sabios a los egipcios y vigorizará su memoria: es el elixir de la memoria y de la sabiduría lo que con él he descubierto.» Pero el rey respondió: «¡Oh, ingeniosísimo Teuth! Una cosa es ser capaz de engendrar un arte y otra ser capaz de comprender qué daño o provecho encierra para los que de él han de servirse,  y así tú, que eres el padre de los caracteres de la escritura, por benevolencia hacia ellos les has atribuido facultades contrarias a las que poseen. Esto, en efecto, producirá en el alma de los que lo aprendan el olvido por el descuido de la memoria, ya que, fiándose a la escritura, recordarán valiéndose de caracteres ajenos, no desde su propio interior y de por sí. No es, pues, el elixir de la memoria, sino el de la rememoración, lo que has encontrado. Es la apariencia de la sabiduría, no su verdad, lo que procuras a tus alumnos, porque, una vez que hayas hecho de ellos eruditos sin verdadera instrucción, parecerán jueces entendidos en muchas cosas, no entendiendo nada en la mayoría de los casos, y su compañía será difícil de soportar, porque se habrán convertido en sabios en su propia opinión en lugar de sabios». (Diálogos. Fedro. Platón).

En este mito Platón hace, sobre todo, una crítica a la escritura, afirmando su carácter secundario respecto de la oralidad y advirtiendo de los peligros que podría traer consigo la sustitución de una por la otra. Por lo tanto, podría verse aquí una contradicción en mi argumentación: Platón llama la atención, por boca de Sócrates, de unos peligros de que no fueron tales, y dado que la irrupción de las nuevas tecnologías digitales no sería sino un cambio más, ¿porqué no habría de suceder lo mismo? ¿porqué no habremos de ser los alarmistas unos agoreros que yerran en sus negros augurios como lo hizo Sócrates?

La respuesta es simple: porque eso no es verdad. Ningún cambio es inocuo y en especial todo cambio tecnológico conlleva alteraciones (efectivamente así ocurrió no solo con la escritura manual sino, más recientemente, con la difusión del reloj mecánico —Técnica y civilización. 1934. Lewis Mumford—, o con la aparición de la imprenta —La Galaxia Gutenberg. 1962. M. McLuhan—). Pero es más, la actual tecnología digital destaca entre todas las demás por una característica fatal que la hace singular y distinta, y es que no solo es protésica sino también sustitutiva del ser humano, no solo nos completa y ayuda en la realización de ciertas tareas, sino que se asimila a nosotros y así nos mecaniza y nos deshumaniza y, aún tiempo, conspira para nuestro fin. Se trata de una conducta suicida disfrazada de diversión y confort.   

Porque si bien es cierto que el mal está en nuestros corazones y no en la tecnología, lo desolador de nuestra cultura actual no es lo que las maquinas han hecho y hacen con nosotros, sino lo que nosotros hemos hecho con las maquinas: qué tipo de máquinas hemos construido y a cuales hemos dado prioridad. La maldad acecha tras la técnica pero anida en el alma.

El último párrafo del dialogo transcrito, además, anticipa fielmente algo que hoy empieza a considerarse catastrófico: es precisamente la gran facilidad y rapidez con que mediante el uso de internet se accede a la información lo que la vuelve en apariencia obsoleta e impide que la misma florezca en sabiduría, o siquiera en puro conocimiento. Esto trae a colación aquello que se preguntaba Eliot:
«¿Dónde está la sabiduría que hemos perdido en conocimiento?
¿Dónde el conocimiento que hemos perdido en información?».


Paisaje marino iluminado por la Luna de Thomas Moran (1937-1926)
La segunda advertencia nos dice que hemos de huir de todo aquello que se nos ofrezca dado, que no exija nada de nosotros, que no admita nada propiamente nuestro. 

De esta manera, muchísimos años después de Platón, Pavel Florenski, con su acostumbrada lucidez, nos ilustraba un poco al respecto de la inhabilidad de la percepción pasiva para el aprendizaje: «La percepción pasiva no puede sustituir de ninguna manera la actividad propia, ya que sólo asimilamos (¡cuando asimilamos!) lo que elaboramos activamente dentro de nosotros. Pero asimilar sin más no es suficiente. “Hay más placer en dar que en recibir”. Esta máxima no sólo hace referencia a las relaciones sociales, sino también a cualquier relación con el mundo: la única fuente de conciencia y conocimiento en el mundo es la actividad; sin ella, empiezan las ensoñaciones, que gradualmente se desvanecen. El hombre se encierra en su propia esfera subjetiva y, al carecer de aporte de alimento, se amodorra poco a poco, de manera que hasta los sueños se interrumpen. La encarnación es el precepto fundamental de la vida, es decir, la realización de la potencialidad propia en el mundo, la aceptación del mundo en sí mismo y la formación de materia propia. Sólo con la encarnación se puede medir la verdad y el valor de cada uno; de otro modo, ni siquiera es posible una crítica objetiva de uno mismo.» (Cartas de la prisión y de los campos. Pavel Florenski).

Florenski no está solo en esto. Hasta los más encendidos defensores de una percepción fundamentalmente pasiva, como Hume y Kant, demandan un algo de colaboración en el sujeto; el hombre ha de poner algo suyo que de sentido a lo percibido; Hume lo cifra en la imaginación y Kant en el entendimiento.

Por tanto no hay posible conocimiento si la actitud es meramente pasiva, como en la virtualidad que nos llega a través de las pantallas electrónicas. 

Resplandor sobre el río Zuni, de William Robinson Leigh (1866-1955)

Otra de las alarmas viene ligada a un elemento tremendamente relevante como es la atención, fundamento, camino y sustento del saber. Ya decía Ortega aquello de «dime lo que atiendes y te diré quién eres».

A principios del siglo XX, Simon Weil desarrolló una compleja teoría sobre la atención, la práctica del conocimiento y el desarrollo de la experiencia por la mediación de la belleza, concediéndole a la atención la más absoluta importancia: «Los valores auténticos y puros de lo verdadero, lo bello y lo bueno en la actividad de un ser humano se originan a partir de un único y mismo acto, por una determinada aplicación de la plenitud de la atención al objeto. Lo enseñanza no debería tener otro fin que el de hacer posible la existencia de un acto como ése mediante el ejercicio de la atención. Todos los demás beneficios de la instrucción carecen de interés» (…); es la atención la que nos permite captar el objeto en su plenitud y con ello «discriminar lo real de lo engañoso». (La gravedad y la gracia. Simone Weil)

Pocos años después, el teólogo Romano Guardini advertía frente a lo que hoy es una terrible realidad: «(…) la capacidad de ver se ha deteriorado (…) Y la consecuencia es que los sentidos -es decir, los órganos con los que el hombre capta el mundo- se gastan.  Con todo este ver, el hombre no acumula más conocimiento del mundo, sino que lo pierde. Se le viene encima un alud de impresiones fragmentarias, y disminuye lo que de verdad importa, la interiorización del mundo con toda su carga de sentidos auténticos, con su grandeza y su fuerza, su profundidad. Todo se difumina». (Ética. Lecciones en la universidad de Munich, Romano Guardini).


Lago de montaña de Arseny Meshchersky (1834-1902)

Más modernamente, a fines del pasado siglo, algunos pensadores percibieron estos cambios e intuyeron los peligros que encerraban. Era más fácil, pues la era digital empezaba a nacer: La televisión imperaba y los ordenadores comenzaban a expandir su poder, inundándonos de imágenes y de información. 

Así, el premio nobel de economía Herbert Simon advertía de los peligros del exceso de información en relación a la atención, cuando en el año 1971 escribía:

« (...) En un mundo rico en información, la riqueza de la información significa una carencia de algo más: una escasez de lo que sea que la información consume. ¿Qué es lo que la información consume es bastante obvio: consume la atención de sus destinatarios. De ahí que una gran cantidad de información crea una pobreza de atención y una necesidad de asignar de manera eficiente la atención que entre la sobreabundancia de fuentes de información que podrían consumir» (Diseño de organizaciones para un mundo rico en información. 1971. Herbert A. Simon).

Otros profetizaban al respecto de los peligros que, para la naturaleza humana, encerraban los artilugios electrónicos de comunicación. Neil Postman (discípulo adelantado de ese otro adelantado que fue Marshall McLuhan) publicó libros al respecto, y decía cosas como estas: «Se ha producido un cambio epistemológico, en “cómo” conocemos y “qué” podemos ya conocer. Nos falta contexto para comprender, sin contexto (solo con imágenes que buscan la distracción y la diversión: La TV e internet), no podemos conocer la verdad» (Divertirse hasta morir. 1986. Neil Postman). 

Como digo, ya antes su maestro McLuhan nos advertía de que prestáramos atención a la tecnología, a través de la cual (por los medios) se comenzaban a trasmitir los mensajes, las ideas: «Los mensajes nos distraen de lo que los medios nos hacen a un nivel más profundo, decía; su contenido puede subyugarnos, continuaba, pero no es más que el trozo apetitoso de carne que el ladrón utiliza para distraer al perro guardián de la mente. Atendamos al medio y a lo que puede hacernos, pues el medio es el mensaje» (Comprender los medios de comunicación: las extensiones de ser humano. 1964. Marshall McLuhan).

Así se nos alertaba, no solo del poder transformador de esta nueva tecnología, sino también de su no menos formidable capacidad de fascinación.

Siguiendo con las advertencias, a principios de los años noventa del siglo pasado, el crítico literario Sven Birkerts en su polémico libro Elegía a Gutenberg. El futuro de la lectura en la era electrónica (1994), ya señalaba que el crecimiento de la era de las telecomunicaciones electrónicas provocaría una gran erosión en el lenguaje y en el uso de las habilidades de pensamiento crítico, y no se equivocaba. Este libro debe leerse junto con Tecnopolis, la rendición de la cultura a la tecnología (1993) de Neil Postman, que es un clásico sobre el impacto cultural de la tecnología cuando esta es deificada, es decir cuando «la cultura busca su autorización en la tecnología, encuentra sus satisfacciones en la tecnología y toma sus órdenes de la tecnología».


Campo de altramuces de Julian Onderdonk (1882–1922)

Más recientemente, algunos pensadores como Matthew B. Crawford (El mundo más allá de tu cabeza: cómo crecer en la Era de la Distracción. 2015), sostienen que «a medida que nuestra vida mental se vuelven más fragmentada, lo que está en juego parece ser nada menos que la cuestión de si se puede mantener un yo coherente».

Crawford ve la causa de esta interruptiva y fragmentaria realidad en la que estamos sumergidos, no solo en la moderna tecnología (que sería su fruto envenenado) sino en la autonomía de la razón humana proclamada por Kant y su deseo de fortalecer la libertad frente a la determinación de la naturaleza. Según Crawford, detrás ese influjo de fascinación está el deseo oculto de que la realidad deje de condicionarnos. De esta forma, sostiene que nos sentimos atraídos hacia una realidad virtual en la que se nos da la razón en todo, que nos hace sentir que somos los dueños de la situación y, de paso, que nos lleva cada vez más a la pasividad y a la dependencia. Crawford alerta de algo ya plenamente perceptible: «cada vez más nos encontramos con un mundo percibido a través de representaciones» y esto hace de la experiencia humana «un producto de alta ingeniería y por lo tanto manipulable»

También este nuevo siglo, Clifford Nass (sociólogo, Director en la Universidad de  Stanford de su Departamento de Comunicaciones), nos dice que los multitaskers tecnológicos son unos «enamorados de la irrelevancia» y que la multitarea digital nos hace menos sociables, menos eficientes y menos inteligentes. Su diagnóstico sobre los jóvenes de la era de Twitter es que sufren de «atrofia de la emoción» como resultado de la insuficiente «práctica en observar y experimentar emociones verdaderas» cara a cara ¿Recuerdan el grupo de chicos de que hablabamos al principio?

Y no están solo en su diagnostico; Nicholas Carr publicó recientemente un libro que ha levantado ampollas: Superficiales ¿Qué está haciendo Internet con nuestras mentes? (2011). En este libro vuelven a presentarse pruebas considerables de que la naturaleza interactiva de las tecnologías digitales dispersa nuestra atención y limita nuestra capacidad de reflexionar profundamente. Aún más, se señalan pruebas emergentes de que el acceso a las computadoras conduce a un nivel educativo bajo.

Por otro lado estaremos todos de acuerdo en que la sabiduría requiere reflexión, quietud y silencio. Romano Guardini llamó a esto recogimiento; es precisa una labor de recolección, de acopio, de ensimismamiento, como paso previo de todo conocimiento, labor que requiere de la capacidad de permanecer quieto y estar en silencio, a fin de permitir, de esta manera, que tenga lugar, no ya la acción de la Gracia en la naturaleza que todos deseamos y a la que se refiere el gran teólogo, sino al menos la aprensión de cualquier conocimiento o saber. Y lo cierto es que la tecnología de comunicación moderna es enemigo mortal de la quietud y la tranquilidad.

Finalmente la otra faz de este gravísimo problema es el paralelo abandono de la lectura, de la buena lectura, y de lo que esta supone en cuanto nutriente moral, intelectual y estético de las almas. Hay una frase de Harold Bloom que lo expresa con una crudeza límpida: «La lectura se desmorona y gran parte del yo se dispersa con ella».

Tomando prestado un término de Arthur Koestler, parece que estemos produciendo una generación de «ingeniosos imbéciles».


Catspaws off the Land de Henry Moore (1831-1895)

Sin embargo, a pesar de todas estas advertencias y consejos, no hemos hecho caso y tampoco parece que vayamos a hacerlo. Probablemente la tecnología ha ido mucho más allá, y mucho más rápido, de lo que McLuhan imaginaba, y su fuerza seductora es aún más destructora que el empobrecimiento de la atención de que nos hablaba Simon: no dejamos de mirar con ojos pasamados rectángulos retro iluminados. Lo hemos visto en la entrada anterior. Pero sus advertencias y las de todos los demás siguen ahí a pesar del calificativo de apocalípticas de algunos, y, en mi opinión, siguen siéndonos útiles. Tómenlas como una llamada de atención, es la advertencia de un peligro que se ha hecho más presente y más terrible. 

Así y todo, podríamos pensar que no hay ya remedio, que, fatalmente, todos estamos irremediablemente contaminados. Lo decían algunas comentaristas de este mismo blog hace no mucho. No parece haber forma de escapar a esta tiranía de la atención y esta disolución espiritual que nos desdibuja como hombres. Semeja una conjura infinita. Todo conspira para ello. 

Estamos en el corazón de la tormenta, pero no debemos perder la esperanza.  

Todo lo antedicho nos sugiere al menos dos cosas: 

Por un lado, que adoptemos, como mínimo, una actitud de prudente vigilancia, de moderación, de cuidado atento y de constante supervisión, en el uso que pudieran hacer nuestros hijos de estos artefactos. Sea porque, de acuerdo a lo enseñado por Sócrates, hayamos de mostrar prudencia y recelo ante las innovaciones, cuyos efectos desconocemos, sea porque, como apuntan (y con bastantes datos, la verdad), estudios científicos y opiniones muy relevantes, el medio (que además, por su fascinación mefistofélica, se vuelve el mensaje, como diría Macllulan), es agresivo, y no solo nos cambia, y no para mejor (degrada nuestra alma y nos aliena), sino que tiende a suplantarnos, convirtiéndonos en menos hombres, en hombres deficientes, enfermos y mediocres y, en último término, irrelevantes.

Y por otro lado, y aun tiempo, que llevemos a cabo, en lo posible, una constante y paciente labor de sustitución de estos artefactos por los grandes y los buenos libros. 

Y fíjense que no he dicho nada sobre cuestiones tales como el control de la información a la que los niños pueden acceder y la secuencia y progresión en su aprendizaje. La infancia procede de lo simple a lo complejo, de lo fácil a lo difícil, de lo particular a lo general. La educación es una secuencia, el aprendizaje requiere una graduación. Sin embargo las nuevas tecnologías abren puertas a campos cuasi infinitos de información que se agolpa a borbotones, de golpe, difíciles de controlar y graduar. Pero este tema debería ser materia de otro post.

Y termino con una exhortación:

Volvamos a la que era hasta hace poco la existencia cotidiana de la gente, asentada, como decía Chesterton en una vida «digna de vivirse», basada «en costumbres y no en modas, en leyendas y no en rumores, en tradiciones y no en caprichos, en lazos sociales duraderos y arraigados en lugares vivos», y no dejemos que los libros enmudezcan y agonicen, pues con ellos agonizan los hombres. 

Esta es una razón esencial para no abandonar los libros y no abandonar a nuestros hijos ante los libros. Debemos hacer frente a esa virtualidad malsana que trae consigo esa tecnología con los buenos libros como armas, y, de esta forma, ayudar a conformar mentes capaces de interpretar el mundo con un sentido, antaño común, hoy perseguido y ya casi olvidado, de piedad y de belleza. 

Aunque eso no resultará fácil, ni a nosotros, ni a ellos. 

Pero quién nos ha dicho que vivir cristianamente ha de ser fácil, no Él, desde luego.



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jueves, 12 de octubre de 2017

EL MUNDO DIGITAL Y NUESTROS NIÑOS

Escuela del siglo XIV. Una miniatura del manuscrito La vida de San Sergio de Radonezh, escrita por San Epifanio El Sabio



«Cuando el pasado ha dejado de iluminar el futuro, el espíritu camina en las tinieblas»
A. de Tocqueville, La democracia en América.


«Tiempos de calamidad, cuando los locos guían a los ciegos»
W. Shakespeare. El rey Lear, Acto 4, Escena 1



Voy a iniciar hoy una serie de entradas (serie breve, anuncio, pues serán solo dos), cuya temática versará, como el titulo anuncia, sobre la tecnología (las denominadas TIC, esto es, «tecnologías de información y comunicación») en contraste con los libros verdaderos (y digo verdaderos, porque como saben, los hay virtuales). En ellas expondré mi opinión contraria al uso intensivo y cuasi excluyente de esa tecnología en las aulas y en el hogar y a la intención de sustituir al libro y al papel (el hábito de lectura y escritura manual), como base del aprendizaje y del entretenimiento. Como he dicho antes, la serie se compondrá de dos entradas, la primera de las cuales, iniciada a continuación, tratará, de forma algo árida, de los aspectos más técnicos e informativos del asunto (y algunos quizás políticos y económicos), siendo seguida por una segunda, que contendrá algunos testimonios y opiniones, más literarios, poéticos o filosóficos, en apoyo de mi postura. Así mismo haré mención a páginas web, libros o documentos que considero de conveniencia consultar.

Espero que sea de su provecho y utilidad.  


En clase, el trabajo de los pequeños de Henry Jules Jean Geoffroy (1853 -1924) 
No creo que sorprenda a nadie que estos tiempos puedan ser calificados de tiempos de obsesión cibernética. A una velocidad mayor a la imaginada por los más avanzados de los novelistas de la ciencia-ficción, nuestra sociedad se está viendo envuelta y atenazada por el manto de acero y silicio de la tecnología electrónica. Comenzando por la televisión, pasando por el teléfono móvil, las tablets, los ordenadores portátiles y acabando en el internet, la vida del hombre se deslaza, a velocidad de vértigo, de la contemplación de las auroras incandescentes y los verdes prados a la visión intermitente de pantallas que dan entrada a los mundos fríos e inhumanos de la llamada realidad virtual. 

La infancia y la enseñanza asociada a tal estadio no han podido escapar a tal influjo. La diosa tecnología así lo exige y, tal como antaño se ofrecieron niños como sacrifico a entelequias de inspiración demoníaca como Baal, así ha de hacerse ahora.

Este nuevo sacrificio humano, a semejanza de otros aún más evidentes que nos asolan (véase el aborto), está pasando ante nosotros acompañado de un terrible silencio, bajo las miradas impávidas e indiferentes de la mayoría de los hombres. La tragedia es que pocos se dan cuenta de lo que acontece. 

Para disfrazar tal horrendo sacrificio, se argumenta a favor de esta fascinadora tendencia que, tal cual el mundo comienza a disfrutar de las innumerables ventajas de tan maravillosa tecnología (es ya preso y cautivo de la misma, diría yo), los futuros hombres que en el habiten deberán hacerse a esa nueva realidad. Así los «nativos digitales» (pues así se les denomina), habrán de ser otro tipo de hombre (no importa cual, no importa cómo y en qué manera, no importa a qué precio, así como tampoco el grado de deshumanización que tal adaptación pueda traer consigo) y, consecuentemente, habrán de formarse inmersos en esa tecnología, empapados de esa tecnología, atrapados en esa tecnología, y ello desde su más tierna infancia. 


Cuarteto de niños dando la lección de Simon Glücklich (1863-1943)
Ocurre, como ha venido ocurriendo con todos los sueños megalómanos de los hombres, que este también es falso. Y como ha venido sucediendo a lo largo de la Historia, quién pagará el precio del error serán otros, en este caso nuestros hijos y nietos; no aprenderán más, sino menos y no serán mejores, sino peores hombres.    

Tamaño asalto se lleva a cabo en dos grandes frentes: la educación y el entretenimiento.

Desde hace más o menos una década la educación (tanto en el aula como en el hogar) ha venido resistiendo los asaltos de un mundo continuamente alterado por la innovación tecnológica.

Perdidas sus herramientas esenciales (véase, Las herramientas perdidas del aprendizaje de Dorothy Sayers,  La torre de varios pisos de John Senior, La crisis de la educación de Hannah Arendt y La crisis de la educación occidental de Christopher Dawsonen una absurda carrera en pos de un hombre rousseauniano e irresponsable, la educación ha pasado a ser un sistema ineficiente, objeto de múltiples ataques en los que se le acusa de arcaico y anticuado; así se le reprocha que está más equipado (mal equipado, diría yo) para transmitir el patrimonio del pasado que para preparar a nadie para el futuro. Esta percepción impuesta por los medios de comunicación es, por supuesto, en su mayor parte falsa (desgraciadamente, no en cuanto a su ineficiencia).

Porque lo cierto es que la ecuación «niño + TIC = mayor y mejor aprendizaje», no ha funcionado.

Prácticamente es imposible encontrar algún estudio científico serio que avale este enfoque, y por el contrario, son numerosos aquellos otros que destacan la inutilidad e incluso inconveniencia de estos métodos, afirmando su inanidad a los efectos pretendidos.

De hecho el último informe de la OCDE (aunque, como todo organismo perteneciente a la ONU, me levanta suspicacias), Students, Computers and Learning (INFORME DE LA OCDE), llega a conclusiones desoladoras para los entusiastas de la colonización digital, primando una educación basada en la lectura y la escritura manual sobre otra basada preferentemente en las TIC y señalando que la mejor forma de preparar al alumno para el mundo digital no consiste en facilitarle el acceso a servicios y dispositivos de alta tecnología, sino en potenciar la lectura y las matemáticas. Se cae de esta manera el principal argumento de los digitalistas.


Cálculo mental de Nikolay Bogdanov-Belsky (1868-1945)

Como reacción a estos decepcionantes resultados, los más racionales de los digitalistas se refugian en una clásica excusa que no comparto (por lo que diré más adelante), pero que al menos se asienta en criterios de prudencia; de esta manera, arguyen que estos catastróficos resultados son causados, no por la inadecuación del medio en sí para la enseñanza y formación de los infantes, sino a que estamos en un estadio muy prematuro de su desarrollo, no siendo por el momento, ni los programas, instrumentos y métodos los adecuados, ni la formación del profesorado suficiente, debiendo continuarse en este desarrollo y reteniendo para más adelante su implantación general (postura esta que recuerda a la siempre mantenida por los adictos al socialismo al respecto de las catastróficas y atroces puestas en acción de tal doctrina).  

Finalmente, no deja de ser una gráfica y muy expresiva confirmación de lo ya señalado (y a un tiempo, de la innecesaridad de ese madrugador contacto con la tecnología), la actitud que, ante el uso de estas tecnologías como medio principal de aprendizaje de los niños, adoptan quienes las inventan y desarrollan (incluido el gurú Steve Jobs); el argumento: que precisamente ellos se esfuerzan en desarrollar tecnologías muy sencillas que puedan ser usadas por cualquiera, por lo que no hay razón por la cual los niños no puedan aprenderlas cuando sean adultos. (véase New York Times, Steve-Jobs-apple-was-a-low-tech-parentNew York Times, Escuelas en Silicon ValleyABC, Steve Jobs).

El segundo frente de batalla es el que se ocupa del juego, esa actividad tan fundamental en el desarrollo sano y natural del niño. 

De esta forma, nos encontramos con los posibles riesgos que, para la salud y el correcto desarrollo de los niños, puede encerrar el uso continuado y abusivo de los medios electrónicos cuando son usados como principal foco de distracción y entretenimiento del niño.  

Cuestión aparte de los problemas de salud física que el sedentarismo asociado a esta tecnología está causando (problemas de obesidad, falta de desarrollo muscular, coordinación motora, etc.), la irrupción de las TIC en el mundo infantil se hace notar en aspectos psicológicos, mentales y de socialización. Existen numerosos estudios que alertan de estos peligros: Pérdida del sentido de relevancia, superficialidad en el pensamiento y reducción de la memoria de largo plazo, problemas de falta de atención, adicciones, aumento de consumo y producción de pornografía, incremento alarmante de conductas de acoso escolar a través de móviles y ordenadores, deshumanización del aprendizaje, etc. (véase Estudio de la Universidad de Stanford, Estudio sobre la diferencia entre leer on-line y leer en papel, Estudio sobre la diferencia entre escribir en ordenador y escribir a mano, Problemas de leer en on-line con la memoria, Niños españoles y la adicción a internet).

                  Niños jugando a las canicas de Claude-Emile Schuffenecker (1851-1934)

El panorama previamente expuesto es alarmante. Pero tan alarmante como el riesgo comentado es la falta de reacción ante el mismo. 

Si bien el mayor y más organizado asalto cibernético proviene de los medios gubernamentales y de las grandes multinacionales de la información y el entretenimiento, y su reflejo más notorio acontecen en el seno de muchas aulas (preferentemente en las públicas, pero ya está dejándose sentir en muchas de las privadas), lo cierto es que esta deriva no es solo, ni en su mayor parte, a causa de lo que sucede en aquellas; todavía hay muchos Colegios que alertan de estos peligros y que se resisten a la adopción de estos métodos, que consideran ineficientes y peligrosos. 

Y es que la gravedad del problema se agudiza por otra causa; me refiero a la dejación de funciones y al abandono de su responsabilidad por parte de los padres. Suena duro, lo sé, y muy probablemente muchos de los que lean esto no se sientan identificados, de lo cual me alegraré mucho, pero lo cierto es que esta es la dura realidad: padres que se desentienden o, peor aún, que fomentan en sus hijos un uso intensivo y en muchos casos descontrolado de estos artefactos, con lo que, no solo ponen en peligro a sus pequeños, sino también (por causa de la presión social que sufren los demás niños) a aquellos otros cuyos padres, con muchas dificultades, pero sabiamente, tratan de ponerlos a salvo. Y esto es algo muy lamentable, porque es algo que los propios padres podríamos remediar si actuáramos juntos.

Solo se trata de hacerlo, aunque sin duda no será fácil. 


P.D. En relación al tema comentado, y a mayores de la lectura de los enlaces propuestos, recomiendo la consulta de lo que viene publicando en su blog la investigadora, divulgadora y conferenciante sobre la educación, Catherine L´Ecuyer (https://catherinelecuyer.com/y de lo expuesto en sus libros Educar en el asombro y Educar en la realidad. 



viernes, 6 de octubre de 2017

ELOGIO DE LA REPETICIÓN

Jardín en octubre en Aldworth de Helen Mary Elizabeth Allingham  (1848 - 1926) 



E C L E S I A S T E S

«Hay un pecado; decir que es gris una hoja verde
y se estremece el sol ante el ultraje;
una blasfemia existe: el implorar la muerte;
pues sólo Dios conoce lo que la muerte vale;
y un credo: no se olvidan de crecer las manzanas
en los manzanos, nunca, pase lo que nos pase;
hay una cosa necesaria; todo;
el resto es vanidad de vanidades
»

G. K. Chesterton


Hay gente que asocia de forma automática la repetición al aburrimiento, a la pobreza, a la vaciedad, a la nada. Los tiempos que vivimos abonan estas tesis con sus cambios bruscos y veloces, con su fugacidad, con esa impregnación caduca que se asocia a todas las cosas, con esa necesidad de novedad que genera angustia, ansiedad y neurosis.

Hay que volver de nuevo la mirada a los niños. No es solo un consejo; es un mandato de Nuestros Señor. Y lo olvidamos siempre…

Y los niños adoran la repetición, la necesitan. CHESTERTON nos dice que los niños no se cansan de la repetición «cuando descubren un juego o una broma que les proporciona especial alegría. Un niño se golpea rítmicamente los talones, a causa de un desborde y no de una carencia de vida. Porque los niños rebosan vitalidad por ser en espíritu libres y altivos; de ahí que quieran las cosas repetidas y sin cambios. Siempre dicen “hazlo otra vez”; y el grande vuelve a hacerlo aproximadamente hasta que se siente morir. Porque la gente grande no es suficientemente fuerte para regocijarse en la monotonía».

Los niños están mucho más cerca de Dios que nosotros, y la repetición también.

Confirmando esta idea, vuelve CHESTERTON a decirnos al respecto de la repetición y la monotonía que «tal vez Dios sea bastante fuerte para regocijarse en ella. Es posible que Dios diga al sol cada mañana: “hazlo otra vez”, y cada noche diga a la luna: “hazlo otra vez”. Puede que todas las margaritas sean iguales, no por una necesidad automática; puede que Dios haga separadamente cada margarita y que nunca se haya cansado de hacerlas iguales. Puede que Él, tenga el eterno instinto de la infancia; porque pecamos y envejecimos, y nuestro Padre es más joven que nosotros.»

GUARDINI, por su parte, siguiendo esta linea de pensamiento, relaciona la repetición con la oración, con la comunicación con Dios.

«Las frases de las oraciones pierden, con la repetición, el carácter significativo que les es propio. Su primer significado queda como en suspenso y deja expresar a su través un nuevo contenido. Cada palabra se convierte en una palabra de segundo grado –por así decir-, cuyo contenido viene dado por cada uno de los “misterios” contemplados», dice. Y refiriéndose al Rosario, paradigma de la oración repetitiva, dice que la repetición de sus palabras con «paciencia amorosa» «abren el ámbito sacro de la Revelación, en el cual el Dios vivo se convirtió en nuestra verdad»  y que «Lo que llena de sentido el Rosario es un proceso incesante de simpatía santa». 

Recuerdo también el impresionante comienzo de esa magnífica película rusa que es «La Isla» y el reiterativo breve rezo del monje atormentado.

KIERKEGAARD, que estudió y mucho esto de la repetición y que igualmente vio su carácter trascendente, dijo al respecto que «El mundo, desde luego, jamás habría empezado a existir si el Dios del cielo no hubiera deseado la repetición… por eso hay mundo y subsiste gracias a que es cabalmente una repetición. La repetición es la realidad y la seriedad de la existencia. El que quiere la repetición ha madurado en la seriedad». Él decía que la repetición no es un movimiento de la naturaleza o de las ideas abstractas, sino de la interioridad para recuperar la inocencia pérdida; que no es en sí́ la redención pero sí la posibilidad de ella, porque, a partir de ese momento se está́ en situación de volver a creer de nuevo; es decir, de recuperar la propia inocencia.

Volvemos a los niños. Siempre volvemos a ellos.

Pero ocurre que, a aparte de los niños, solo unos pocos tipos como CHESTERTON, KIERKEGAARD o GUARDINI, han alcanzado esa seriedad de la existencia; parece que los hombres olviden el significado trascendente de lo repetido apenas trasponen la línea de la sombra, que diría CONRAD ¿Quizás porque siendo niños no experimentaron suficientemente esta forma de devoción secreta?

Para ayudar a que esto no suceda con nuestros pequeños, les traigo hoy algunos libros donde la repetición es protagonista.


Y PENSAR QUE LO VI POR LA CALLE PORVENIR (1937) de Dr. Seuss.

Portada del libro y una de las ilustraciones de Seuss.

El Dr. Seuss (seudónimo de Theodor Geisel), toda una institución en esto de la literatura infantil, hizo su debut como autor de libros para niños con este cuento. En esta divertida historia, asistiremos asombrados y al compás de las pegadizas rimas del autor, a como un simple caballo tirando de un carro que transita por la calle Porvenir, crece y crece en la imaginación del protagonista, sin que parezca que nada ni nadie lo pueda detener. En este breve cuento veremos a la inquieta imaginación del joven Marcos cabalgar sin bridas ni freno en el breve trayecto que media entre la escuela y su casa. Pero Marcos ha prometido a su padre no decir más mentiras, y ello aunque su imaginación audaz y salvaje le ponga en un aprieto. La rima repetitiva de la frase con la que acaba cada página («lo que vi por la calle Porvenir»), nos lleva suavemente hasta el sorpresivo final.


BUENAS NOCHES, GORILA (1995) de Peggy Rathman

Portada del libro y una de sus ilustraciones.

Galardonada con el prestigioso premio Caldecott, la Sra. Rathman es una conocida y apreciada autora infantil que, en esta ocasión, nos trae un delicioso relato para la hora de acostarse. Un pequeño y travieso gorila sigue en silencio al guarda del Zoológico en su ronda de medianoche, abriendo tras de él las jaulas de todos los demás animales. Al ritmo y la pauta de tres repetitivas palabras (las «buenas noches»..., que da el guarda a todos y cada uno de los animales) los habitantes del Zoo siguen sigilosos al somnoliento guardián hasta su casa y... Esta historia, engañosamente simple, está llena de encanto y sin duda cautivará a sus hijos. Sombras profundas, de rosas, verdes, y violetas, amplifican el breve texto. Seguro que se convertirá en un favorito a la hora de acostarse y que sus hijos pequeños terminarán aprendiéndoselo de memoria. 


EL CONEJITO ANDARÍN (1942) de Margaret Wise Brown

Portada del libro, ilustrado por Clement Hurd (1908-1988)

Otra pequeña delicia de la autora de Buenas noches Luna. Un pequeño conejito comienza un juego de afirmación e independencia huyendo del hogar y poniendo a prueba el amor de su madre: «Si te escapas», dice su madre, «correré tras de ti, porque eres mi conejito». A partir de este momento, mediante una deliciosa combinación de imágenes de ensueño cuasi surrealistas, y el monocorde arrullo de la repetitiva y reconfortante respuesta de la madre (que en todo momento afirma rotundamente su amor incondicional), el niño es llevado a través de un delicioso e imaginario juego de persecución, hasta el final del cuento. No importa de que manera quiera ocultarse el conejito un pez en un arroyo, un azafrán en un jardín oculto, una roca en una montaña su madre, firme, amorosa y protectora, encontrará la manera de retenerlo. Fantástico librito que trasmite a los niños el consuelo y la tranquilidad que muchas veces anhelan y muestra de forma delicada y gráfica el inconmensurable amor de una madre.

Todos los libros comentados son apropiados para niños entre 3 y 6 años.