viernes, 19 de enero de 2018

MITOS Y LEYENDAS NÓRDICOS: LOS HÉROES DE HIELO Y FUEGO.

Iduna, hermana de Svald, de James Doyle Penrose /1862-1932).


«El mito es, por consiguiente, el  principio y el alma de la tragedia».
Aristóteles. Poética.

«Los hechos no vienen antes; la verdad es la primera».

G.K. Chesterton.


Según nos cuenta el poeta irlandés Padraic Colum en su Children of Odín: Nordic Gods and Heroes (un acercamiento de la mitología escandinava a los más jóvenes, lamentablemente no traducido al español), las viejas historias de los hombres del Norte relatan que una vez hubo otro sol y otra luna; un sol diferente y una luna diferente de los que vemos ahora y de los que habrá después. Y al igual que ocurre con el sol y la luna que ahora vemos, corrían tras ellos los lobos, los cuales terminaron alcanzaron y devorando a ambos. Y esto mismo sucederá ahora.
Y cuando suceda, el mundo enmudecerá y se volverá oscuridad y frío.
Pero antes de que acontezca esta catástrofe vivirán los dioses, Odín y Thor, Hödur y Baldur, Tyr y Heimdall, Vidar y Vali, así como Loki, el hacedor del mal, del caos y de la confusión. Y reinarán bellas diosas, como Frigga, Freya, Nanna, Iduna y Sif. Y en ese momento, también habrá hombres y mujeres en el mundo. Y los gigantes de escarcha y hielo acecharán a dioses y a hombres. E igualmente, antes de que el sol y la luna sean devorados y antes de que los dioses sean destruidos para siempre, sucederán cosas terribles en el mundo. Los hombres lucharán entre sí, hermano contra hermano, hasta que todo sea aniquilado.
Y los terribles vientos y el fuego destruirán y quemarán la Tierra. Y el sol y la luna volverán a ser devorados y estos tiempos de oscuridad, se llamarán Ragnarök, el crepúsculo de los dioses. Y parecerá el fin...


La cabalgata de las Valquirias, de William T Maud (1865-1903).
Pero entonces aparecerá un nuevo sol y una luna nueva y ningún lobo los seguirá. Y La tierra volverá a estar verde y hermosa, más verde y hermosa que nunca, y de un bosque profundo que el fuego no habrá quemado, despertarán de su sueño una mujer y un hombre. Y de su descendencia se nutrirá la nueva tierra y sobre todos ellos reinará para siempre Baldur, el único dios que restará ya, tras su vuelta a la vida. Y nunca más habrá dolor, ni pena, ni gigantes de hielo, ni muerte.
Así nos lo cuenta Padraic Colum.
Al igual que la mitología griega, la escandinava es otro de los pozos de esencias del saber del que beber desde la juventud. Su fertilidad imaginativa es similar a aquella, si bien cierto es que no la cortejan tantos pensadores, escritores y poetas como a la grecorromana, aunque, al igual que esta, también nos da acceso a la filosofía perenne.
Por mitos y leyendas nórdicas se suelen entender aquellos que recogen tradiciones tanto germanas como escandinavas, celtas e islandesas.
El grueso de estas tradiciones y leyendas se encuentra en unas pocas obras: dos sagas islandesas llamadas la Edda Poética (mayor) y la Edda Prosaica (menor), los Poemas Escáldicos y el Beowulf, una de las cumbres de la poesía nórdica. Muy posiblemente lo recogido en estas obras pueda muestra la influencia en ellas del Cristianismo, y a su través, de la cultura Clásica, no parece albergar dudas. Como nos señala Borges, «el poeta de la epopeya de Beowulf no desconocía la Eneida, y en el título de la Heimskringla (Esfera del  Mundo), la obra más importante de la literatura de Islandia, se trasluce una traducción de la famosa locución latina ´orbe terrarum´». 

Sea o no esto así, lo cierto es que las dos sagas islandesas del siglo XII fueron compuestas después de que Islandia hubiera sido cristianizada durante más de cien años.
Por su parte, el poema anglosajón Beowulf, que se remonta al siglo VIII de nuestra era, y es, según muchos, el monumento épico más antiguo de las literaturas  nórdicas, registra la presencia de elementos cristianos y bíblicos, lo que en cierto modo es lógico, pues fue compuesto después de la conversión y cristianización de los anglosajones. El germanista inglés W. P. Ker, de manera lacónica y al suave estilo irónico de los británicos, nos facilita el siguiente resumen argumental del poema: «Un hombre en busca de trabajo llega a casa de un rey a quien molestan las arpías y, tras de ejecutar la purificación de esa casa, vuelve con honor a su hogar. Años después, el hombre llega a rey en su tierra y mata un dragón, pero muere por obra de su veneno. Su pueblo lo llora y le da sepultura». Calificar de molestia de arpías las incursiones sangrientas del gigante devorador de hombres Grendel y las hechicerías de su maligna madre, la loba del fondo del mar, parecen broma, lo mismo que su episodio con el dragón. Así que no se engañen, el poema es magnífico, apasionante y pleno de las maravillosas metáforas nórdicas. 

El verso final –y no solo ese verso–, ha sido comparado con la última línea de la Ilíada:
«Y deploran su muerte, lloran al rey, repiten su elegía y celebran su nombre», 
 versus,  
«Celebraron así los funerales de Héctor, domador de caballos».

Algunos de los libros comentados.
En español contamos con una magnífica versión del Beowulf realizada por Tolkien y editada por Minotauro y, algunas otras más simples y menos afortunadas, como el Beowulfo, de la Editorial Aguilar, en la Colección el Globo de Colores, y la versión de la colección Araluce adaptada por Manuel Vallvé.  

En cuanto a las leyendas y mitologías nórdicas pocas cosas tenemos adaptadas a los más jóvenes: las Leyendas Nórdicas, de la Enciclopedia Pulga (años 50), y las del mismo título de la Editorial Labor y de Ediciones Afha en la colección Nuevo Auriga. También en los años cuarenta la editorial Hymsa publicó, en su colección El mundo de la leyenda, el volumen titulado Sagas de Escandinavia. Recientemente ha salido al mercado una relectura modernizada de las Eddas por parte del famoso autor de cómics Neil Gaiman, titulada Mitos nórdicos (editorial Planeta), sobre la que no puedo pronunciarme, pues no la he leído, pero en todo caso estimo que el acercamiento habrá de hacerse con cierta prevención.  

Funeral de Beowulf, de John Howe (1957-)
Al otro lado del hemisferio Norte, también en las inmediaciones del Círculo Polar Ártico, el frío y el hielo se esconde entre la espesa niebla. Finlandia no es menos inhóspita que Islandia. Y esas nieblas y tempestades del norte son guardadas entre las páginas del Kalevala (que al parecer significa La Tierra de los Héroes), reunión de fragmentos de canciones heroicas recogidas por un folklorista y poeta finlandés del siglo XIX, Elías Lonnrot, sobre la base de las recopilaciones de poemas e historias populares hechas por los rapsodas rúnicos fineses, estonianos y lapones. Estas canciones hablan de Väinämöinen el Sabio (con aires de Odín y el tolkiniano Gandalf), de Ilmarinen o del malvado tramposo Lemminkainen y de la alianza maléfica de este con Louhi, la hechicera del Norte amargo, y contienen canciones, hermosas y expresivas metáforas, y enseñanzas moralizantes sobre todo tipo de temas. 

A la forma y manera de los cantares de gesta medievales, pero bebiendo de fuentes más antiguas, el Kalevala es una de las epopeyas europeas más impresionantes y bellas. El mismo Tolkien se sintió fascinado por el texto, llegando a influir en alguna de sus creaciones, como El Silmarillion.

En castellano tenemos varias ediciones del Kalevala, pero adaptadas a los más pequeños solo disponemos de Allá donde la Luna de oro, publicada por Espasa-Calpe en su colección Austral Juvenil. 
Ilustraciones para el Kalevala de Joseph Alanen (1885-1920).
En todo caso, quizás lo que nos ha llegado de esta mitología pagana y sus leyendas es menos puro que lo recibido de griegos y romanos antiguos, ya que contiene trazas, muy visibles, de una sobrevenida influencia cristiana. Nada tendría de extraño, pues sus mayores y más relevantes fuentes son reelaboraciones de poetas cristianos del Medievo. Así, por ejemplo, en el Kalevala, Väinämöinen crea el mundo mediante la palabra y la música de sus cantos, y en las Eddas, al igual que Nuestro Señor Jesucristo, Balder –uno de los más grandes dioses nórdicos-, muere y renace, e igualmente hay un fin del mundo, denominado Ragnarök, que como el Armagedon, dará lugar al advenimiento de un nuevo mundo futuro, perfecto, idílico e inmortal. 


La edición de Beowulf de Editorial Aguilar y la versión de Tolkien de; junta a ellas la adaptación del Kalevala de Espasa-Calpe.  
Nunca podremos saber cuánto de estas coincidencias es influencia de la creencia cristiana de los poetas que las compusieron y cuánto debido a las denominadas semillas de verdad que anidan en el corazón de todo hombre y, que en ocasiones, alumbran su imaginación. Como dijo Tolkien a su amigo Lewis en una famosa conversación, dado que el hombre fue hecho a la imagen de Dios, no puede borrar la imagen de Dios en él ni en las cosas creadas. Y por ello, incluso los mitos paganos conservan una apariencia de la verdad eterna, aun cuando sea una verdad dañada. En realidad todos los mitos tienen alguna coincidencia o similitud con el denominado por Lewis, «único mito verdadero»: el Cristianismo. 

Y termino con un texto de San Justino, de quien proviene la expresión antes dicha de la semilla del Verbo:
«Los que han vivido y viven según la razón, o sea según el Lógos, son cristianos y están libres de miedo y turbación ... como sucedió entre los griegos con Sócrates y Heráclito y otros semejantes, y entre los bárbaros con Abraham, Ananías, Azarías y Misael y otros muchos... Mas los escritores todos solo oscuramente pudieron ver la realidad gracias a la semilla del Verbo en ellos ingénita.»

Quizá así sucedió con estos mitos y leyendas del Norte, quizás... en todo caso, acérquense con sus hijos a ellos; no se arrepentirán.


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martes, 9 de enero de 2018

NIÑAS LITERATAS (II)

Santa Hildegarda de Bingen (1098 - 1179).



«Por lo tanto, tú, ¡oh, hombre!, di las cosas que veas y oigas; y escríbelas no según tu parecer ni según el de otro hombre, sino según la voluntad del que sabe, el que ve y el que dispone todas las cosas en los secretos de sus misterios».

Santa Hildegarda de Bingen.


«¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme!».

Dante.


Santa Hildegarda de Bingen, con quien abrimos esta entrada, fue un personaje religioso, cultural y científico de primer orden en la Baja Edad Media. Y si bien fue nuestra santa muchas cosas, entre ellas se encuentra, sin ser la menos principal, la de ser una escritora. Escribió por encargo de Dios, ya que se sabía llamada a anunciar al clero y al pueblo lo que Dios le manifestaba y quería que se hiciera saber. Y así, nos dejó poemas, relatos y otros escritos, todos ellos místicos, profundos y reveladores de aquello que Dios le inspiró.

Las jóvenes protagonistas de que vamos a hablar también sintieron una llamada, temprana como santa Hildegarda, pero de otro orden; siguiendo a Pascal podríamos decir que, si la llamada de la santa corresponde al  orden primero y más alto, el llamado orden de la caridad, la de las jóvenes de que trataré más adelante corresponde más bien al segundo, el llamado por el pensador francés el orden del espíritu y por los clásicos, la llamada de las musas.

Porque todas ellas escriben y casi su vida entera se vuelca en el escribir. Sus nombres son Emily y Betsy y de ellas he hablado brevemente en la anterior entrada (NIÑAS LITERATAS (I)), donde traté de forma general este subgénero de relatos en el cual las protagonistas se tornan, en el devenir de sus vidas, escritoras. Y si bien es cierto que en esa otra entrada mencioné igualmente a Jo March, hoy no hablaré de ella, puesto que la obra donde Jo nace y vive (Mujercitasserá objeto de una entrada especial y propia.

Como entonces dije, estas dos protagonistas son escritoras de las de verdad, vocacionales y auténticas, y por esa razón sus novelas son las más interesantes en relación al tema de la iniciación en el arte de la escritura, al mostrarnos, de primera mano, el desenvolvimiento de un alma traspasada por la inspiración de Melpómene o alguna de sus hermanas. Y eso no es todo, ya que estos libros son de igual manera educacionales, porque la visión que transmiten no es solo romántica, sino práctica: hay un fascinante elemento de profesionalismo en ellos, una asunción realista de lo que significa la vida de escritor y el coste personal que supone el tratar de vivir de ello; así nos encontramos con manuscritos que rehacer, con las distintas formas de presentación de los escritos, con las angustias causadas por la cumplimentación de los plazos de entrega, con el agridulce trato con editores, con el muro inexpugnable que, las más de las veces, supone la página en blanco, con los rechazos y las decepciones, con el éxito y el fracaso, etc. En suma, un somero cursillo de aquello que espera a quienes quieran embarcarse en la grandiosa, a la par que ingrata, profesión de escritor.   

Y dicho esto, comienzo:

La serie de Betsy, de Maud Hart Lovelace (1892 – 1980).

Portadas del primer libro y de uno de los últimos de la serie.

La serie de libros de Maud Hart Lovelace sobre Betsy, su familia, y su amiga Tacy, comenzó a publicarse a principios de la década de 1940 y continuaron hasta bien entrada la década siguiente. Ambientada en la Minnesota rural de finales del XIX y principios del siglo XX, en un lugar llamado Deep Valley, la historia comienza presentándonos a Betsy y sus amigas cuando comienzan la escuela y continúa con varios libros más (hasta 10 conforman la serie), en los que se nos relatan sus aventuras cotidianas durante la adolescencia y juventud y hasta su casamiento, el último libro de la serie, titulado La boda de Betsy (1955).

Los libros (de tintes autobiográficos) relatan la historia de una idílica niñez del Medio Oeste, en un pequeño pueblo, pero también reflejan los cambios que apareja la entrada del nuevo siglo, desde los primeros carruajes sin caballos hasta los ecos de la I Guerra Mundial.

Como en otras series de niñas que crecen (Anne Shirley en sus Tejas Verdes es el paradigma), las primeras cuatro historias, los libros de infancia, con sus delicados dibujos del brillante ilustrador Lois Lenski, son las más recomendables.

Ilustraciones de Lois Lenski, con las niñas en los primeros libros y Betsy aprendiz de literata.

Sin duda Betsy no llega a la altura literaria de sus hermanas mayores (Ana, la de Tejas Verdes, Emily, la de Luna Nueva, Rebeca de la Granja Sol y, sobre todo, Mujercitas), pero tiene un encanto reconocible a primera vista y constatable ya desde sus párrafos iniciales. Los primeros libros están escritos en un lenguaje sencillo con un vocabulario igualmente sencillo, adecuados para ser leídos por un niño; los siguientes crecen en complejidad narrativa a medida que Betsy y sus amigas crecen también.

De esta manera, las primeras historias, desbordantes de imaginación, están llenos de muñecas de papel y juegos al aire libre, y en las postreras encontramos viajes, amor y pérdida, y una apreciación de que el mundo es un lugar grande y complicado, pero hermoso. En estos últimos relatos hay una profundidad sorprendente, en particular, cuando se presenta a Betsy tratando de tomar en serio su vocación literaria mientras enfrenta las dificultades propias de la adolescencia, y más adelante, con las tribulaciones, afanes y problemas que conlleva todo inicio profesional y la relación de esta vocación literaria con su vida personal y el matrimonio.

Lamentablemente, esta serie no ha sido traducida al español y solo está accesible en inglés; no obstante no se requiere un nivel de ingles avanzado para disfrutar de las primeras historias.


(De 8 a 15, según los libros).

La serie de Emily, de Lucy Maud Montgomery (1874 – 1942).


Portadas de las últimas ediciones en castellano de Emily, de la Editorial Almuzara.
Lucy Maud Montgomery escribió en 1920: "Ahora quiero crear una nueva heroína, que está ya en embrión en mi mente. Su nombre es Emily. Tiene pelo negro y ojos gris violáceo. Deseo contarle a la gente todo sobre ella".

Cuando la señora Montgomery escribía estas líneas era ya una renombrada escritora gracias a la creación de un personaje literario inolvidable: Anne Shirley, la de Tejas Verdes. Emily no alcanzaría la popularidad de Anne, pero, tanto en calidad literaria cuanto en encanto e interés, ambos están a la par.

La serie se compone de tres novelas: Emily, la de Luna Nueva (1923), Emily, lejos de casa (1925) y Emily triunfa (1927).   

Como Anne Shirley, Emily Starr es una jovencita tenaz, dotada de gran imaginación, pero todo lo que tiene Anne de extroversión lo tiene Emily de circunspección. Ambas niñas crecen en medio de las bellezas de la isla del Príncipe Eduardo (Anvolea y Luna Nueva se encuentran muy próximas), y aun cuando son muy distintas, hay entre ellas algo que las une, y no solo es el escenario donde transcurren sus historias. Mis dos hijas fantasearon con la posibilidad de que ambas niñas pudieran conocerse y ser amigas. 

En todo caso, aunque Anne es una chica con una cierta cantidad de talento para escribir pequeños versos y cuentos románticos, no es comparable en este aspecto con Emily, una escritora de verdad. 

Los libros de Emily sobre todo el último, son más sombríos que los de Anne, y se percibe que la señora Montgomery pone en ellos, sin mucho pudor, grandes retazos de su propia vida. Son libros donde se palpan las inquietudes y las ambiciones literarias de una joven talentosa y decidida; relato de una vocación, de una llamada, irresistible cuando acontece, a las Letras y al quehacer literario. 


Emily en los tres libros, según Ben Stahl (1910-1987), ilustrador de algunas de las portadas de ediciones anteriores, como las de Ediciones Salamandra (en mi opinión, mejores ilustraciones que las de la edición de Almuzara). 
«Puedo escribir poesía», les dice Emily a los otros niños el primer día de escuela. Se trata de toda una declaración de intenciones; pero Emily no solo puede escribir (poesía y muchas otras cosas), sino que, como todo escritor, se ve impelida a escribir, siente la necesidad de escribir y ve la escritura como consuelo y como bálsamo.  

La serie es altamente recomendable. A mis hijas les encantaron los libros, e incluso sufrieron un poco con el último, con el sufrimiento vicario que acontece cuando se contemplan en otro las tribulaciones, los desasosiegos y los sinsabores de toda maduración, y, además, con la impotencia de la distancia propia del lector. Sin embargo, hay que decirlo también, disfrutaron mucho con un desenlace acorde con el título de la novela.

(De 8 a 12, según los libros). 


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miércoles, 27 de diciembre de 2017

NIÑAS LITERATAS (I)

Christine de Pizan, anónimo.



«¡Levántate, hija mía! Salgamos sin tardanza hacia
el Campo de las Letras. Es allí, en aquel país rico y
fértil, donde está fundada la Ciudad de las Damas,
allí donde hallan mansos ríos y vergeles cargados de
fruta, donde la tierra produce buenas y abundantes
cosas».

Christine de Pizan


«Hay un destino que dirige los propósitos de las jóvenes señoritas que, ya al nacer, comienzan a sentir el cosquilleo de escribir en la punta de sus pequeños dedos».

Lucy Maud Montgomery




En la historia de la literatura no tenemos muchos ejemplos de jóvenes protagonistas masculinos arrebatados vocacionalmente por el amor a las letras; por el contrario, sí disponemos de ejemplos varios cuando de lo que se trata es de la vida de jovencitas con inquietudes literarias. De esta manera, en una aproximación bastante superficial, y según un listado que me han facilitado mis dos hijas, tenemos, por un lado a aquellas que gozan de una cierta cantidad de talento, suficiente como para escribir versos románticos, cartas o diarios (Rebeca –de Rebeca de la Granja Sol, de Kate Douglas Wiggins–), y por otro, algunas señoritas que se nos presentan como literatas de verdad, en ciernes, cierto, pero en las que percibimos madera de escritor. Hablo, por ejemplo, de Ana –de Ana, la de Tejas Verdes, de Lucy Maud Montgomery–, y con más aire de profesionales, Jo – de Mujercitas, de Louisa May Alcott –, Emily –de Emily, la de Luna Nueva, de Lucy Maud Montgomery– y Betsy –de Betsy y Tacy, de Maud Hart Lovelace. Son estas tres últimas las que vemos encarar obras de mayor calado, afectadas por una fiebre literaria inquieta e inextinguible que no las abandona; así, no solo escriben cartas, versos y diarios, sino obras más complejas, novelas, cuentos y poemas y, sobre todo, traslucen una continuidad en la tarea y una llamada incondicional a la misma, atrapadas, digamos, por una constante inspiración de las musas, llegando incluso a ganarse la vida con el oficio de escritor. 


Emily, de Ben Stahl (1910-1987).
Las novelas protagonizadas por estas jóvenes son historias que conviene leer. Así pues, no teman, la exposición de nuestros hijos a estas vidas literarias juveniles no les será perjudicial. Es más, quizá pueda ayudar a despertar, o incluso estimular, vocaciones o aficiones dormidas o hasta disimuladas. Nada malo podrá causarles. Porque escribir, mejor dicho, escribir bien, es no solo conveniente, sino hasta necesario; y, en todo caso, algo muy sano. 

Por un lado, hemos de darnos cuenta de que la escritura no es solo un acto mental o intelectivo (que sin duda lo es, e incluso preeminentemente), sino que también es un acto físico. Escribir con pluma y papel (lo recomiendo encarecidamente) es más tangible y supone un mayor contacto con lo real que escribir en un ordenador o en una tablet. Este roce con la realidad física traerá mayores bonanzas a nuestros niños, pues, de esta forma, no sólo trabajará su mente, sino que la vista, el tacto, el olfato y hasta el oído (ah, ese suave rasgar de la pluma: «El sonido de mi pluma corre sobre el papel...» que decía Pessoa), estarán también comprometidos.


Hilda, de Carl Larsson (1853-1919).
Si este acto de escribir se realiza, además, a través del arte de la caligrafía, entonces se unirá al acto intelectivo y al acto sensorial, el acto estético. Al respecto me limitaré a citar lo que nos dice sobre esto John Senior:


«Esto no es simplemente escribir, es lo que los griegos llamaban «kalligraphia», literalmente, escritura hermosa. A menudo escribir es, por sí solo, un acto físico que no es bello, un acto empobrecido, que da lugar a una escritura hambrienta, en la que se sacrifica todo lo que es hermoso y personal por la pura utilidad mecánica. Por el contrario, la caligrafía, aunque útil, se eleva por encima de la utilidad, de la misma manera que el cristal está por encima del vidrio, pues la sabiduría está por encima de la información. Es probable que los lectores modernos se quejen de que la caligrafía es difícil de leer, pero también se quejan de que el cristal debe ser pulido y de que la sabiduría no se puede adquirir en tres lecciones».


Jo, por Frank T. Merrill (1848–1923) y Rebeca, por Helen Mason Grose (1880-1960).

De lo dicho podemos intuir que la escritura no es solo un acto físico, no se trata de la mera transcripción gráfica de ideas ya nacidas y pensadas. No; hay una abrumadora evidencia empírica recogida en numerosos estudios (aquí hablamos ya de esto: EL MUNDO DIGITAL Y NUESTROS NIÑOS), que apunta a que simultáneamente a la realización del acto de escribir, el hombre ejercita su pensamiento; hay por tanto una relación simbiótica y recíproca entre ambos actos. Escribir nos obliga a pensar y pensar nos incita a escribir. Porque, como ya he dicho, la escritura es simultáneamente una actividad física –el producto de garabatear o escribir– y una actividad cognitiva, y en el acto de escribir confluyen ambos aspectos dando lugar a la aprensión de nuevas ideas y a la urdimbre de conexiones entre ellas.

Por ello, escribir resultará siempre provechoso, aun cuando no surjan de esta práctica grandes talentos poéticos o artísticos (o quizás sí, ¿quién sabe?). Veamos lo que nos dice un experto como Andrew Pudewa: «¿Pero, para qué escribir? (…) pues porque existen problemas que se deben traer a la luz, gozos que se deben demostrar; esperanzas que se deben provocar y sueños que se deben inspirar. (…) Cuando sus hijos sean capaces de escribir palabras en el papel de manera organizada e interesante, los verá usar este don en cualquier oportunidad que se presente. Ejercerán influencia sobre sus amistades, serán efectivos en sus profesiones y estarán ansiosos de servir a Dios».

Además, plasmar pensamientos en un papel ayudará a nuestros hijos a pensar más y mejor. Porque escribir implica orden y análisis (ya saben aquello del Aquinate: «Lo propio del sabio es ordenar»). Porque, si no las escribes, las ideas se pierden y porque si las escribes generarás más; decía al respecto John Steinbeck que «las ideas son como los conejos. Consiga un par y aprenda a manejarlas, y muy pronto tendrá usted una docena».


Escribiendo en el jardín, de Honor C. Appleton (1879-1951)

Por lo tanto, cuando uno escribe sus ideas u ocurrencias, inevitablemente, las unas se cruzarán con las otras en conexiones fructíferas que darán lugar al nacimiento de más ideas. Algunos cuentan que Chesterton (no sé si un Chesterton apócrifo) decía que pensar es conectar ideas, y Henry James dejó dicho lo siguiente: «¿Cómo podría saber lo que pienso sino hasta que leo lo que he escrito?».

Ese «aprender a manejar las ideas» de Steinbeck, ordenándolas como señala Santo Tomás, es lo que supone la escritura (y si, además, esto se hace de forma hermosa...), y aunque es posible que los libros de los que hablo no enseñen a nuestros hijos a escribir mejor, al menos podrán servirles de estímulo y de referencia emuladora.


La carta, de Haynes King (English, 1831-1904) y Jo March, por Norman Rockwell (1894-1978)
¿O quizás sí puedan enseñarles?

Porque, si bien parece evidente que para aprender a escribir no hay nada como escribir, escribir y escribir, no es menos cierto que, independientemente y a mayores del estímulo que los ejemplos de vida de las protagonistas de estos libros pueden ofrecer, el acto de leer (estos u otros libros, pero siempre buenos libros) ayudará y mucho.

Estoy convencido (y creo no estar solo) de que una gran manera de aprender a escribir bien consiste en leer, leer y leer, y luego leer un poco más. Cuantos más buenos libros se lean, más se familiarizará uno con la buena escritura, más vocabulario se aprenderá, más conocimiento sobre las estructuras gramaticales y lógicas de párrafos, frases y oraciones se adquirirá y más acumulará uno combinaciones bellas y originales de palabras y expresiones en su memoria estética y poética (como hacían los rapsodas griegos o los meturgemanes hebreos, en la primitiva cultura oral). 

Una dieta constante de buena lectura enseñará a sus hijos cosas sobre la escritura que no podrán aprender de otra manera. Al respecto aconsejaba el gran C. S. Lewis a una joven admiradora, aprendiz de literata, con la que se carteaba: «Lee todos los buenos libros que puedas, y evita casi todas las revistas». No perderemos de vista el consejo.

En las próximas entradas hablaré de alguna de esas novelas.