lunes, 18 de septiembre de 2017

JARDÍN DE VERSOS PARA NIÑOS

Ilustración de Ruth Mary Hallock (1876-1945)


«Un solo río sale del trono de Dios, a saber, la gracia del Espíritu Santo; y esta gracia del Espíritu Santo está en las Santas Escrituras, es decir, en el río de las Escrituras. Pero este río tiene dos riberas, que son el Antiguo y el Nuevo Testamento, y en ambas riberas está plantado el árbol, que es Cristo»

San Jerónimo



Hay unos versos de Dante en su Divina Comedia que no solo por su hermosura me conmueven. Estos versos hacen alusión a una visión del nuevo Paraíso que nos espera, ahora perdido, donde, como delicada y refulgente imagen de un río de luz, fluye la gracia del Espíritu Santo, como bien nos recuerda San Jerónimo. La imagen podría estar inspirada en lo revelado por el mismo Dios a San Juan en el capítulo XXII, versículos 1-2 de El Apocalipsis («Me mostró un río  límpido de agua de vida, resplandeciente como cristal, que sale del trono de Dios y del Cordero»). No me resisto a reproducir los versos del poeta:

«E vidri lume in forma di rivera
fluvido di fulgore, intra due rive
dipinte di mirabil primavera

 Di tal fiumana uscìan faville vive,
e d'ogni parte y mettìen ne 'fiori,
cuasi rubin che oro circunscrive.»

«Y vi una luz con forma de río
Fluyente de fulgor, entre las dos orillas,
pintado con flores milagrosas de la primavera

De este río surgieron chispas angélicas vivientes
que se instalaron en todas las flores,
como rubíes en oro.»

Paradiso 30:19

Creo que si alguien puede tener una visión de ese río, o al menos aproximarse a lo que el fulgor y la limpieza de sus aguas refulgentes representa, son los niños en su inocencia primera («Si no cambiáis y os hacéis como los niños no podéis entrar en mi Reino», Mt 18, 3). Y creo que no hay lugar donde se exprese mejor esa inocencia pálida y trasparente que en los versos inspirados de Stevenson contenidos en su Jardín de Versos para niños. Este es el libro del que voy a hablar hoy.


 Ilustraciones de Florence Store en una edición de 1909 y de Marie "Rie" Cramer (1887-1967)

De un tiempo hasta esta parte, el utilitarismo viene subvirtiendo el ideal clásico cristiano de que, para el hombre, el juego y la maravilla son el principio de la sabiduría. El verso ya clásico de Stevenson, puesto en labios de un niño que dice que «Tan lleno el mundo está de cosas miles, que debemos cual reyes ser felices», recoge este espíritu. Es verdad, el mundo esta lleno de cosas bellas, cosas que se conmueven (el «Hay lágrimas de las cosas» de Virgilio), y cosas que nos conmueven («allí vive la más querida frescura, en lo más  profundo de las cosas» de Manley Hopkins). El libro es magnífico y en él los niños encontrarán un principio de este inocente conocimiento poético del mundo tan necesario, revelado por un Stevenson que se aproxima con una maestría casi sobrenatural al espíritu infantil.

«¡Bailan las estaciones
cada una su baile!
En el verano, flores.
En el otoño, aire.»

Los poemas de este libro encantarán a los niños, y ello porque parecen hechos por un niño. Un niño más consciente que cualquier niño conocido, cierto, excepción hecha de El Mejor de los Niños. Consciente de un mundo de maravilla lleno de sorpresas y tesoros, de los que el niño imagina ser dueño, ser rey. Pero no se trata de la riqueza de las naciones de Smith, ¡quia!, ni del oro acumulado por Mr. Scrooge; se trata de un tesoro inesperado e inmerecido y por eso sorprendente y asombroso, proveniente de un mundo creado por El Amor y que es disfrutado por el niño por medio de su amor por el juego en toda su riqueza: en el libro vemos juegos a través de las cuatro estaciones, en soledad y con amigos, al aire libre y en casa, con juguetes y con libros y de la mañana hasta la hora de acostarse; y así hasta el día siguiente, donde el sol se levantará de nuevo «para complacer al niño, para pintar la rosa»  y donde el juego volverá, sin pausa y sin fatiga, a alegar esa alma inocente.


Ilustraciones de Jessie Willcox Smith (1863-1935)

Los niños se verán reflejados y a su vez les ayudará a verse reflejados en aquellas cosas que han sentido y sienten, pero no sabían cómo ni porque eran y son sentidas. La delicia, la delicadeza y la belleza pueblan sus páginas y no dejarán indiferentes ni al padre ni al hijo. Porque no es menos cierto lo que señalaba Chesterton al respecto: «las letras hermosas, sabias, e ingeniosas como las de Stevenson en su Jardín de los Niños de Versos siempre permanecerá como una pura y vivaz fuente de placer para las personas adultas… ya que el poeta no soñó con que un niño sonreiría ante el poema, sino que fue el poeta quien sonrió al niño»; en suma que estos versos, continua Chesterton, tienen el objeto «legítimo e incluso honorable, de educar al adulto en la apreciación de los niños».

«Hasta mi ventana salta el pajarillo
de plumas oscuras y pico amarillo.
Fija en mí sus ojos brillantes y exclama:
¿No te da vergüenza seguir en la cama?».

Así que hay múltiples razones para que este libro sea un libro para ser leído en familia, como diría San Agustín, verbum oris, como todos los buenos poemas, para así hacerlo verbum cordis y que el corazón del poeta alcance a padres e hijos, cor ad cor loquitur como le gustaría al cardenal Newman.  


Ilustración de Margaret Tarrant (1888–1959)

En castellano hay varias ediciones. Una deliciosa y magnífica —con las estupendas  ilustraciones de Jessie Willcox Smith—, es la de Hiperion.

Que lo disfruten.

Para leer con niños de 6 años en adelante.


viernes, 15 de septiembre de 2017

LAS HISTORIAS DE HUERFANOS

El hallazgo de Moisés de Lawrence Alma-Tadema (1836-1912)


«No os dejaré huérfanos; vendré a vosotros»

Juan 14:18

«No muevas el lindero antiguo ni entres en la heredad de los huérfanos, porque su Redentor es fuerte; El defenderá su causa contra ti»

Proverbios 23:10-11


Una figura a menudo marginada en las discusiones sobre la literatura infantil es la del huérfano. De hecho, los estudios sobre los huérfanos en esta materia son escasos y más si se relacionan con la fantasía. Pero ello no será a causa de la escasez de su presencia literaria; según una lista que me ha pasado mi hija pequeña J., empezando con los relatos de La Biblia (por ejemplo Moisés y José, huérfanos de facto), y pasando sucesivamente por el héroe anglosajón Beowulf, el legendario Rey Arturo, Jane Eyre (1847), Oliver Twist (1838), David Copperfield (1849-50), Tom Sawyer (1876), Heidi (1880), El príncipe y el mendigo (1881), Huckleberry Finn (1884), El pequeño Lord (1885), David Balfour en Secuestrado (1886), Mogwli en El libro de la selva (1894), Dorothy, en El maravilloso Mago de Oz (1900), Kim (1901), Rebecca la de la Granja Amarilla (1903), Ana de las tejas Verdes (1908), Sara, en El Jardín Secreto (1911), Pollyanna (1913), Tarzán de los monos (1914), Emily, la de Luna Nueva (1923), las niñas de Zapatillas de ballet (1936) y demás libros de la serie, Pippi Calzaslargas (1945) y Frodo del El Señor de los Anillos (1954), el huérfano ha venido manifestándose en la narración de historias de forma constante. Esta presencia persistente en muchas culturas explica, al menos en parte, por qué continúan los escritores de hoy invocando en sus obras la figura del huérfano; así recientemente podemos citar a Cat y Gwendolin Chant de la serie Chrestomanci de Diana Wynne Jones, Violet y sus hermanos en Una serie de catastróficas desdichas de Lemony Snicket, James en James y el melocoton gigante y Sofía en El Gran Gigante bonachón, ambos de Roald Dahl y Harry Potter de la serie mundialmente famosa de J. K. Rowling.

Ante todo ello, una pregunta interesante podría ser: ¿Por qué esto es así?  


Ilustración de David Copperfield de Harold Copping (1863-1932) y de Oliver Twist de Jessie Willcox Smith (1863-1935)
Los psicólogos infantiles insisten en la influencia de la madre y el padre como de importancia crítica para la salud psicológica y el correcto desarrollo del niño.

Todos alcanzamos a intuir esto de forma natural, no es por tanto ninguna novedad; sabemos que el huérfano es un personaje trágico (ha perdido a aquellos a quienes más quiere, a aquellos que lo guardan, lo protegen y lo aman) y, a su vez, que se trata de una figura precaria, herida, no solo sentimentalmente, sino también psicológicamente. Así que, su incardinación en el relato infantil (de por si cómico, y de deseable final feliz) es enigmática y paradójica; hay una aparente contradicción en el asunto, así que ¿cuál es la respuesta?


Ilustración para El jardín secreto de Charles Robinson (1870–1937) y para El pequeño Lord  de Charles Edmund Brock  (1870-1938)
Los freudianos, como Bettelheim, señalan que las narraciones de cuentos de hadas, y especialmente las que implican huérfanos o niños abandonados, permiten a los críos resolver indirectamente conflictos edípicos que son inherentes al crecimiento e involucrar tanto a la madre como al padre con el niño, además de reafirmar el mismo concepto de autonomía personal del infante. Pero no sé, que quieren que les diga, Freud nunca me ha convencido.

Lo cierto es que la mayoría de los estudiosos de la literatura infantil han pasado por encima de este tipo de personajes, calificándolos de meros tropos recurrentes, desprovistos de cualquier sustancia real más allá de poder ser vehículos para la narrativa y, especialmente, la crítica a la reforma social del siglo XIX, cuando comenzaban a manifestarse los horrores de la vida moderna, del paroxismo utilitarista, del  consumo histérico, de la angustia de la alienación obrera y de los enredos de la burocracia corporativa (pensemos en Dickens).


Dorothy y sus amigos de William Wallace Denslow (1856-1915) y Pipi y su caballo "Pequeño tío" de Ingrid Vang Nyman (1916-1959)
Pero, ¿hay algo más, no? Quizás…

¿Podría ser el huérfano el arquetipo del hombre, una criatura que busca a Dios (el Padre perdido) y lo hace en esta vida a través de las dificultades y los sufrimientos, por medio de la vivencia de una situación trágica, pero a la que espera un final feliz? ¿Es por tanto el huérfano un personaje edificante e instructivo? Podría ser.

En la Anatomía de la Crítica (1957) de Frye, se afirma que «la comedia generalmente se mueve hacia un final feliz de restauración y renovación». Esto encaja en algunas cosas que conocemos bien; así vemos como el Código de los Códigos, la referencia de la Palabra, La Santa Biblia, nos presenta un relato de este tipo, El Relato: al final habrá un final feliz para los justos, aunque el camino hasta allí sea trágico y duro. Y esta idea se traduce, por siglos, y a través de la fantasía y la literatura, en algo mítico, en una especie de eco mundano, y por tanto humano, de la Revelación Divina: así, partiendo de La Divina Comedia de Dante (1320), pasando por El Paraíso Perdido de Milton (1667) o El Progreso del Peregrino de Bunyan (1678), sobrevolando los libros de cuentos de hadas de los Grimm y de todos los demás, los de George MacDonald y Charles Kingsley, y aterrizando en El Señor de los Anillos de Tolkien y Las Crónicas de Narnia de C. S.  Lewis, podemos ver un patrón recurrente de relato de fantasía con un final feliz, como pálido reflejo de la Revelación.


Frodo y demás acompañantes en la búsqueda del anillo. por los hermanos Hildebrandt, Greg (1939-) y Tim (1939-2006)

En este lenguaje mítico se nos muestra como relevante forma de expresión la fantasía. La estructura característica de estas fantasías es cómica. Comienza con un problema y termina con una resolución satisfactoria. La muerte, la desesperación, el horror y la traición pueden entrar en el relato fantástico, pero no deben ser la palabra final. Tolkien, en su ensayo "sobre las historias de hadas" sostuvo esta idea, afirmando que la fantasía (o faerie, como él la llamaba) «demanda un final feliz», o lo que él mismo llamó eucatástrofe, identificando el modelo real de este concepto en la Encarnación como eucatástrofe de la historia de la humanidad, y en la Resurrección, como la eucatástrofe de la Encarnación.

Por lo tanto, así como la literatura infantil exige el modo narrativo cómico y, en la mayoría de las ocasiones, fantástico, las luchas y tribulaciones del huérfano, si allí quieren insertarse, deben resolverse felizmente para cumplir con el compromiso que requiere el relato infantil, solventándose de esta manera la aparente contradicción del enigma modal que supone la incardinación de una figura inherentemente trágica en una historia cómica o feliz. No sería entonces el huérfano otra cosa que una alegoría del destino del Hombre.

De esta manera, los protagonistas de estas historias siempre creen en un gobierno divino del mundo, según el cual, pase lo que pase “para los que aman a Dios todo coopera para el bien”. Es decir, lo peor ni siquiera puede ocurrir, pues, aun sucediendo algo aparentemente malo, por el hecho de haber sucedido, no puede ser lo ni peor ni definitivamente malo, ya que la Providencia Divina proveerá un buen fin para los justos, por muy inesperado que sea este cambio de suerte (una pequeña eucatástrofe siguiendo a Tolkien). Al ser capaces de pensar así, los protagonistas/huerfanos son felices, sobre todo si a ello se une —como en muchos casos, un carácter sereno, no exaltado, amable, para el que la desconfianza precisa justificación y para el que la confianza es un rasgo natural. La representación paradigmática de este carácter es Pollyanna.


ilustración de Pollyanna de Stockton Mulford (1886-1960)  y de Rebecca de la Granja amarilla de Helen Mason Grose (1880-1960)

Quizás por eso haya tantos huérfanos literarios y tantos en los libros infantiles y juveniles… yo por lo menos tengo mis sospechas.

En todo caso, sea o no sea esto así, lo cierto es que hoy doy inicio a una serie dedicada a los niños huérfanos (aunque algunos de ellos ya han sido aquí tratados: El rey Arturo, Heidi, Ann Shirley, Tom y Huck y David Balfour). Una galería iconográfica de memorables personajes, en su mayoría femeninos, todos ellos cortados por un mismo patrón argumental y por una misma alma: figuras con un origen trágico, que a través de su bondad, sufrimiento y sabiduría, terminan ayudando y sanando a quienes con ellos se cruzan, redimiéndolos con su esfuerzo y buen sufrir, irradiando bienestar con su alma alegre y bondadosa, irresistible en un amor y caridad que les desbordan. Así son estos personajes. Así son estos niños y niñas, que parten de una situación de debilidad, tristeza y desamparo (su orfandad), para hacer ver mejor su superación, sacrificio y mejora. Buenos ejemplos, que a través de subyugantes personalidades atrapan a los lectores (mi hija mayor L. me dice que, precisamente es esta condición incierta y merecedora de cariño y atención de los huérfanos, lo que da emoción a estos libros) y les hacen desear parecerse a ellos.




martes, 12 de septiembre de 2017

LAS HISTORIAS DE DETECTIVES Y EL BUEN PENSAR

San Beda el Venerable traduce el Evangelio de San Juan por James Doyle Penrose (1862–1932) 



«Que primero los jóvenes se instruyan en los asuntos lógicos, porque la lógica enseña el modo de toda la filosofía» 
Santo Tomás de Aquino


«Ésa es la única forma de razonar. En este mundo no hay nada fuera de un silogismo»
G.K. Chesterton



En el proceso lógico, en el uso de la razón, en el buen pensar, nada hay fuera de la deducción. Pensar racionalmente es hacer uso del proceso deductivo, del silogismo. La única cuestión con la deducción es cuidar de lo siguiente: solo el uso de premisas verdaderas conducen a una conclusión verdadera. Así que no pensemos que la deducción es una antigualla a la que ha desplazado la moderna inducción; como dice agudamente Chesterton, la única diferencia entre una y otra es la mayor colección de premisas de la segunda, pero «… la inducción no nos conduce a una conclusión. La inducción solo nos lleva hasta una deducción… y… a menos que los últimos tres pasos silogísticos sean todos correctos, la conclusión está completamente errada»; en efecto, la inducción es, en último término, una deducción, la inducción no es nada sin la deducción final.

Así que es conveniente que nuestros hijos se familiaricen con la deducción, con el proceso silogístico del pensar racional y lógico. 

Se trata de acostumbrar sus mentes a una forma lógica de razonar, a un uso racional del pensamiento, a fin de evitar errores al pensar.

Es forzosamente un enfoque parcial. No tiene por objeto todo el pensar. De esta manera, no voy a referirme al modo de percibir a través de los sentidos y a sus posibles errores, ni tampoco al estado del alma al pensar, pues pensamos «con toda nuestra alma», decía Platón y «el ejercicio de las virtudes morales —dice a su vez Santo Tomás de Aquino— por las cuales son dominadas las pasiones, importa sobremanera para la adquisición de la ciencia».

También aclaro que no voy a hablar aquí, ni del secreto, como uno de los aspectos más característicos de la infancia y su reflejo en los libros para niños, ni tampoco en las historias de misterio sobrenatural, donde le misterio se convierte en insoluble (de gran auge tras la segunda guerra mundial y que tiene como paradigma El Jardín de la medianoche (1958) de Philippa Pearce). Aquí trataremos de misterios racionales que tiene solución, que son finalmente resueltos por los protagonistas y exigen de los lectores una actividad racional: «para apreciar una historia de misterio, parte de la mente debe ser dejada atrás, meditando, mientras que la otra parte va marchando conforme avanza la lectura», como decía E.M. Foster.

Por lo tanto, solo me referiré a lo que los medievales llamaron dialéctica como «el arte del buen pensar».

Y que mejor manera que hacerlo en la compañía de aquellos que hacen buen uso de tal método: los detectives.

Los detectives y su mundo trepidante de misterios y aventuras es, sin duda, una buena forma de ver en acción el buen hábito del pensar. Por tanto, paso a relacionar algunos buenos libros que tratan de ello.

Portada de Ediciones Laertes e ilustración para La carta robada de  Byam Shaw (1872-1919)

Dentro de los Clásicos de narrativa detectivesca infantil y juvenil destaca sobremanera, como auténtico precursor, Edgar Allan Poe con las historias del detective Dupin y la novela corta El Escarabajo de Oro (1843); le siguen El estudio en escarlata (1887) y toda la serie de Sherlock Holmes de Conan Doyle; el Tom Sawyer detective (1896) de Twain; el Emilio y los detectives de Erich Kästner (1928); la serie de Astrid Lindgren sobre un niño detective que se inicia con El detective Blomquist (1946) y las series de Los cinco, Los siete secretos y Misterio de Blyton. Se trata de prestar atención, seguir pistas y aplicar a las mismas el método deductivo.

Portada de una antigua edición de la Ed. Prometeo, dibujada por Rafael de Penagos (1889-1954) y una imagen de Holmes y Watson por uno de sus mejores ilustradores, Sidney Paget (1860-1908)

De Poe son de destacar sus tres historias del caballero Auguste Dupin, un brillante detective aficionado que mediante un análisis basado en la aguda observación, el razonamiento lógico y las pistas, resuelve crímenes que desconciertan a la policía, aunque, para una audiencia de 11 o 12 años en adelante, de los tres solo recomiendo La carta robada (1844), donde Dupin pone en gala su personal método para, con una capacidad de observación sin igual y su inteligencia deslumbrante, descubrir lo que siempre ha estado a la vista de todos; según el propio Poe, «quizás, mi mejor historia del raciocinio». También es sumamente recomendable la novela corta El escarabajo de oro (1843); aquí Poe mezcla la búsqueda de un tesoro pirata con un laborioso y brillante proceso deductivo, mediante el cual el protagonista, Legrand, consigue descifrar el mensaje oculto de un pergamino donde están las claves del enigma para localizar tan precioso objetivo. Para niños de 12 años en adelante.

Con El estudio en escarlata (1887), Conan Doyle introdujo en el mundo literario a un personaje inolvidable, Sherlock Holmes, destinado a convertirse en el más famoso de los detectives de ficción (y de no ficción también). Este detective aficionado, vano y distante, con una predilección por la pipa, los violines y las mariposas, resuelve crímenes y misterios con una extraordinaria capacidad de observación y una prodigiosa inteligencia deductiva, todo ello ante los asombrados ojos de su amigo y testigo inseparable de sus hazañas, el Doctor Watson. Además del citado primer relato, recomiendo todos los demás y en especial el de El sabueso de Baskerville. Para niños de 12 años en adelante.


Portada de Edicomuicación e ilustración de Wesley Lowe (1972-)
Con Tom Sawyer detective (1896), Twain nos sitúa en medio de una historia detectivesca clásica protagonizada por sus dos geniales personajes, los inseparables e incorregibles Tom y Huck. Lógicamente se trata de una obra menor, pero no por ello desdeñable. Entretenida e instructiva en cuanto al método deductivo de que venimos hablando, en la novelita (unas 80 páginas), muy probablemente influida por la lectura de las historias de Holmes, Twain nos muestra a un Tom convertido en un detective deductivo de primer orden, al que acompaña su fiel Huck representando el papel de doctor Watson, y a quien corresponde, por tanto, narrar la historia, asombrado, como el lector, ante las portentosas capacidades deductivas de su amigo. De 10 años en adelante.

Portada de la primera edición de Ed. Juventud  e ilustraciones de Walter Trier

Y termino con el libro de un autor quizás hoy injustamente olvidado, pero de una prolífica producción literaria especialmente centrada en los niños. Me refiero a Erich Kästner y su famosa novela Emilio y los detectives (1929), único libro de toda su obra que no fue censurado por los Nazis. La historia descansa en una, quizás ingenua, creencia en la inteligencia y la buena naturaleza de los niños y su capacidad para cooperar. El argumento es sencillo: Emilio viaja en tren a Berlín para visitar a su abuela, a la que, por encargo de su madre, lleva una considerable suma de dinero ahorrado después de muchos sacrificios. Desgraciadamente, Emilio se duerme en el tren y alguien le roba el dinero. Pero Emilio no cejará hasta encontrar al ladrón y recuperar lo que es suyo y, ciertamente, no lo hará solo. Trepidantes aventuras de una pandilla de chavales en el Berlín de los años 30, ilustradas magníficamente por Walter Trier. De 9 años en adelante.

Se trata, por tanto, de lecturas que, además de su evidente contenido lúdico y de entretenimiento, presentan un aspecto pedagógico, educando al lector en el buen pensar, sin que, por otro lado, se deje de lado un claro sentido moral, pues, como señaló una maestra en el tema (de la que hablaremos algún día): «Una novela de este tipo era una historia con moraleja y, en definitiva, una narración que se atenía a las normas de la moral tradicional, con la derrota del mal y el triunfo del bien» (Agatha Christie, Autobiografía, 1978).

Esperemos pues que con estos libros se despierte y estimule en los niños una lectura más activa, más atenta y más inteligente, haciéndoles costumbre tratar con un modo de pensar lógico y razonable, amén de racional, un modus operandi mental, si se me permite la licencia, muy «Tomasiano», ya todos estos libros son una puesta en acción, en mayor o menor medida, del modo lógico del pensar que el propio Aquinate calificó de arte, poniéndolo en práctica en toda su obra y del que dejó dicho: «es necesario un arte que sea directivo del mismo acto de la razón, … por medio del cual el hombre proceda, … ordenada, fácilmente y sin error. Y este arte es la lógica».