sábado, 22 de julio de 2017

TIEMPO Y LIBROS. UNA CONTINUACIÓN

El río de las piedras de José María Fenollera Ibañez (1851-1918)


«En los mismos ríos entramos y no entramos, pues somos y no somos los mismos»
Heráclito

«El hombre no puede ni hacer ni retener un instante de tiempo; todo el tiempo es un puro regalo» 
C.S. Lewis 

«Et in arcadia ego»
Evelyn Waugh. Retorno a Brideshead


Dicen que los niños prefieren caminar por las calles secundarias y tortuosas en lugar de hacerlo sobre la limpia y despejada acera de la calle principal. Esto es así, dicen, porque en esas calles poco transitadas y algo salvajes, todavía pueden ver flores, encontrar insectos y animales y tropezarse con aventuras. A este pasear atento y activo, pero paradójicamente suspendido en el tiempo, lo llaman los japoneses disfrutar del Michikusa

Michikusa significa literalmente «césped al lado de la carretera», representándose con dos kanjis (ideogramas) con el significado de «calle» y de «hierba». Pero la idea a que realmente se refieren los signos es a un estado de dilación, concretamente al concepto «entretenerse en el camino», como un caballo que se va deteniendo, de tanto en tanto, para comer el césped. Ejemplos de Michikusa son muchos y variados: la batalla de espadas usando paraguas, el juego y persecución de los gatos, el correr detrás de las mariposas, el lanzar piedras a lo lejos, el chapotear en los charcos, etc. Todavía me congratula y esperanza ver cómo mis hijas, en los paseos familiares, se persiguen la una a la otra o saltan entre los adoquines, salvando los claros y pisando los oscuros.


Niños jugando de Victor Gabriel Gilbert (1847–1933)
La escala de tiempo de los niños disfrutando de su Michikusa es bastante corta, escasamente el intervalo inmediato entre salir de la  escuela y llegar a casa, por ejemplo. Un mar de discontinuidades, un flujo interrumpido por estados en suspenso de todo y de todos, un estado de inocencia y pureza al que volver.

Sin embargo, los adultos perdemos esa inocencia temporal y proyectamos nuestras expectativas más allá, mucho más allá, en un tiempo más dilatado; toda una vida, el curso de vida, un ciclo de vida, y es a medida que maduramos (o más bien envejecemos), que esta proyección se desplaza y llega a alcanzar, con mucha intensidad al final de nuestra existencia terrena, a la muerte misma... y esta perspectiva es lineal, se agolpa a cada instante, es ávida y voraz y es, fatalmente, irreversible.

En los niños esto no se da, ellos no son así. Son una suma de estados Michikusa, y cuando estos empiezan a escasear tengan por seguro que la infancia se apaga.

Siempre les he dicho a mis hijas que huyan del tiempo mientras puedan, de su tiranía, de su subyugación. Que no presten atención a eso que, engañosamente, no es nada y lo es todo y, por supuesto, que escapen del reloj, artefacto hecho para domeñar al tiempo pero que de inmediato se nos revolvió sometiéndonos a su amo (Lewis Mumford llega a la conclusión de que «el reloj es una maquinaria de poder, cuyo producto son los segundos y los minutos»).


 La confidencia de Henry-Jules-Jean Geoffroy (1853-1924) y Niños lanzando bolas de nieve de Arthur John Elsley (1860-1952)
Los griegos, como sabemos, eran muy lúcidos y si bien su luz no fue la Luz directa que recibieron los hebreos, supieron encontrar algunos rayos entre lo creado. Para ellos Kairós era el tiempo mítico, eterno y Chronos, su padre, el tiempo domesticado, mesurable. Curiosamente, Kairos es el término utilizado en el famoso pasaje sobre el tiempo del Eclesiastés (3: 1-8).

No muy lejos encuentra el niño su idea del tiempo. Todavía no ha cundido en él el peso de la caída. El tiempo es algo inasible, incontable, pero que, por esa misma razón, no pesa, no resulta una penosa carga. Recordemos que en latín, Kairós es expresado en la frase evangélica «in illo tempore», y su fórmula cotidiana más cercana es la del cuento de hadas: «Érase una vez».

Cuanto más joven es el niño, menos es consciente de lo que será el año próximo, o incluso de que significa ayer. Lo que un niño ve en una historia, otro no lo ve o quizás lo verá mañana. Los niños viven el tiempo en una escala original, no hacen caso de la trasformación de la sensación temporal en el fluido lineal y constante que es medible a través del artefacto denominado reloj. No, claro que no, ellos perciben la sensación temporal de un ahora, un antes y un después, a través de la experiencia de los sucesos, los acontecimientos, los eventos, a través de lo que les pasa. Así, cada cosa tiene su tiempo, claro está, y es entonces cuando la sabiduría ínsita en Eclesiastés se hace transparente: el tiempo no es el mismo, cada acción, cada acto, cada suceso tiene su duración, «todas las cosas tienen su tiempo …»

Algunos distinguen entre los relatos infantiles diferentes niveles o escalas, según como sea en ellos tratado el tiempo. Unos primeros textos retratarían la utopía de la infancia, la soñada Arcadia ―un idilio intemporal, o quizás un tiempo cíclico― en las que los personajes viven en un ambiente sereno y pastoral, no afectado por el mundo que pasa. En unos casos, el tiempo está detenido, o mejor, no existe; en otros, el tiempo transcurre, pero para repetirse cíclicamente, en una segura y confortable sensación de continuidad, como el día y la noche, como el ciclo estacional. Así, en Peter Pan, en El viento en los sauces o Winnie de Pooh. Por ejemplo, en Winnie, esta idea se expresa claramente en las siguientes frases: «Érase una vez, hace mucho tiempo, el último jueves» o (…) «Un pequeño niño y su oso jugaban desde siempre y para siempre». 


En las rocas de Jeffrey Larson (1962-)
Otro tipo de relatos, más propios de niños de mayor edad, describen un tiempo arcadiano interrumpido, con un interludio en lo desconocido. Este tipo de relatos se mueve libremente entre el realismo y la fantasía, revisando historias de viajes en el tiempo, fantasías secundarias con fondo en el mundo real o episodios de aventuras insertas en la cotidianidad. Como ejemplos podemos señalar a Tom Sawyer, Las Crónicas de Narnia, Vencejos y amazonas o Cinco niños y eso. Lo que les sucede a los personajes en estas novelas e historias, es que, de una forma u otra, consciente o inconscientemente, se les asegura regresar a casa, sin coste o desgaste, sin angustia o miedo. 

Por último tendríamos  el concepto lineal del tiempo, el concepto adulto, corrompido y degradado, alejado del Paraíso, que está perdido y que no se reconoce como Arcadia. En estos relatos el protagonista ―o los protagonistas―, experimenta un desarrollo personal que se inserta en una línea de tiempo. En la literatura arcadiana el desarrollo personal es inconcebible y en los relatos de interrupción se convierte en una posibilidad tentadora pero irrealizable. No así en este tipo de relatos que acaban siempre con un cambio. Responden a los relatos que contienen ritos de iniciación y al paradigma del héroe, con su peregrinaje, su prueba de vida y su viaje, del que retorna alguien nuevo y distinto o, tal vez, que no tiene retorno y que encierra la propia expiación. Como ejemplos podríamos señalar, Mujercitas, El Hobbit, El señor de los Anillos, La Casa de la Pradera o La isla del Tesoro.


Niña sobre alfombra roja de Felice Casorati (1883-1963)
Así que, demos a nuestros niños esos relatos, unos y otros, según su edad, y alimentemos de esta forma su percepción del tiempo primigenia y original, esa que traen consigo al nacer y que les hacemos perder nada más comienzan a balbucear; ¡Devolvámosles su tiempo! y nosotros, nosotros… ¡recuperémoslo! como parte, y no pequeña, de eso que hemos extraviado y que tan alejados nos mantiene de aquello a lo debemos tender y es nuestro verdadero destino. 

Schiller, por supuesto, también lo vio:


«También yo nací en la Arcadia,
también a mi la Naturaleza
prometió en mi cuna alegría,
también yo nací en la Arcadia,
y la breve Primavera solo me dio lágrimas»


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jueves, 20 de julio de 2017

TIEMPO Y LIBROS. UNA INTRODUCCIÓN

Invierno de Vilhelms Purvītis (1872 –1945)

«El tiempo es un niño que juega, buscando dificultar los movimientos del otro»
Heráclito

«Una cierta imagen móvil de la eternidad... eso que llamamos tiempo»
Platón. Timeo


«¿Qué es el tiempo? Si nadie me lo pregunta, lo sé. Si quisiera explicárselo al que me lo pregunta, no lo sé. Lo único que digo con seguridad es que sé que si nada pasara, no habría tiempo pasado, y si nada viniera, no habría tiempo futuro, y si nada existiera, no habría tiempo presente. Pero esos dos tiempos, el pasado y el futuro, ¿cómo pueden existir, si el pasado ya no existe y el futuro todavía no existe? En cuanto al presente, si siempre fuera presente y no llegara a ser pasado, ya no sería tiempo, sino eternidad. Y si el presente, para ser tiempo, necesita que llegue a ser pasado, ¿cómo decimos que existe el presente, si su razón de ser consiste en dejar de ser, de modo que en realidad no podemos decir que existe el tiempo sino en cuanto tiende a no existir?» 

Así nos describía el sentido del tiempo San Agustín en sus Confesiones. Es algo que sentimos –que incluso, ingenuamente, creemos poder medir–, pero que ignoramos profundamente; es, sin duda, una de los lastres que la caída trajo consigo y con el que tenemos que lidiar. Fuente de desasosiego, de inquietud, siempre quitándonos algo: tempus fugit, memento mori, carpe diem, quotidie morimur, ubi sunt

Mañana de primavera en el puente Kintaikyo de Hasui Kawase (1883-1957)

La relación del tiempo con los libros, con la lectura de libros, es, como su relación con todo lo humano, desconcertante: la lectura nos da tiempo, nos regala tiempo, nos ofrece tiempo, incluso nos hace sentir que el tiempo se detiene… pero, igualmente, requiere tiempo, y, de esta forma, nos lo quita. Así lo pensamos y así lo sentimos. Es una gran paradoja.

Apremiaba Thoreau a leer «los buenos libros primero; lo más seguro es que no alcances a leerlos todos», y Virginia Woolf hablaba de «no dilapidar ignorante y lastimosamente nuestros poderes». Así que muchos son los que creen que no hay tiempo, pero no solo porque el tiempo es limitado para el ser humano (al menos en esta vida), sino porque la vida misma conspira para que no lo haya; como nos dice Pennac, «La vida es un obstáculo permanente para la lectura».

Hay otros que creen que no es tiempo perdido, por ejemplo Proust cuando señalaba que «quizá no haya días de nuestra infancia tan plenamente vividos como aquellos que creímos haber dejado sin vivir, aquellos que pasamos con nuestro libro predilecto». En todo caso, probablemente sea como dice Pennac, que se trata de un tiempo regalado: «El problema no está en saber si tengo tiempo de leer o no (tiempo que nadie, además, me dará), sino en si me regalo o no la dicha de ser lector», o como San Bernardo, que pensaba que «un buen libro te enseña lo que debes hacer, te instruye sobre lo que has de evitar y te muestra el fin a que debes aspirar».


Dia de verano en Hammeniederg de Fritz Overbeck (1869-1909)


En fin, la relación del tiempo y los libros es extraña y complicada y desemboca entre otras cosas, en la elección, acción humana compleja donde de las haya y acción moral por naturaleza.

Debemos leer los mejores libros, cierto; si tuviéramos tiempo podríamos leerlos todos, pero esto no es así, y no es así porque, como ya hemos señalado, nuestro tiempo es limitado (decía Schopenhauer que «junto con los libros debiera venderse el tiempo suficiente para leerlos»), y aún siendo de otra manera, tampoco sería recomendable, pues no todos los libros son buenos libros y mucho menos grandes libros.

Por lo tanto, dado que no disponemos de ese tiempo, y dado que hay algún tipo de lectura perniciosa y otra irrelevante, debemos elegir y de elegir debe elegirse a los mejores; al respecto Bloom señala que «si viviéramos varios siglos podría haber mundo y tiempos suficientes, pero los principios de la realidad nos fuerzan a que elijamos». Por tanto la afirmación de que debe elegirse a los mejores habría de parecer evidente. Sería esperable, pues, encontrar poco debate. Pero, por supuesto, hay un gran debate. Hay discordia, posturas políticas y los argumentos perennes sobre el "canon literario”. Esta batalla de los libros provoca irritación, exasperación y casi violencia: ¿quién decide sobre la formación del canon? y este quién es seguido por el por qué y a continuación por el cómo. ¿Cual de las varias posturas estará en lo cierto? Asumo que no lo sé con certeza, pero tengo mis sospechas; y estas apuntan a aquello que más confianza me ofrece. Por lo tanto, si ustedes me preguntaran les diría que lo prudente sería atender al criterio más seguro, a aquel que infunde más certidumbre, razón por la cual yo me atendría a la tradición. Es, me parece, el único criterio firme. Porque nosotros carecemos de perspectiva respecto de lo que hoy acontece.


Mañana de otoño en Eragny de Camille Pissarro (1830-1903)
Como dice Chesterton, la tradición «consiste en confiar en el consenso de voces humanas comunes antes que en algún registro aislado o arbitrario», y este consenso que es la tradición nos dice que obras son mejores. Centrémonos pues a ellas, tanto en lo que respecta a lo que nosotros leamos, como en lo que les leamos a ellos, nuestros hijos. Porque un buen libro puede ser una ventana o una puerta, así como un espejo, pero a donde conduzca o lo que refleje puede ser bueno o malo; puede ser también un catalejo o una lupa, pero, ojo a lo que miramos con él; nos alimenta y nos hace más ricos, nos hace vivir más y de otras formas, pero cuidado con quien nos invita a convivir; por eso elegir bien es importante.

Y por otro lado, si nos quita tiempo, les aseguro que, si se trata de un buen libro, si hemos elegido bien, nos lo devolverá con creces, pues nos hará conocer otras vidas, sentir más y sentir diferente, potenciando nuestra empatía por el prójimo, y por tanto nos preparará para el amor y el consuelo, y con nosotros a nuestros hijos.

Viene a mi memoria una grata historia que siempre me gusta recordar. Es la historia de aquel príncipe que, según contaba Djuna Barnes, estaba leyendo un libro cuando el verdugo fue a buscarle indicándole que ya era la hora; y él, al levantarse, y antes de cerrarlo, se demoró un instante poniendo un abrecartas para señalar la página. No tengo duda alguna, aquello que leía nuestro príncipe era un buen libro, porque lo cierto es que los buenos libros pueden ayudarnos a liberarnos de esa prisión que es el tiempo y de todas las demás prisiones y de esta forma prepararnos para traspasar el umbral de esa puerta que todos habremos de cruzar. Sospecho que allí nos aguardará un libro, así que, como el príncipe cautivo, señalen bien la página del buen libro de su vida porque, a poco que pongan esfuerzo y sacrificio y mucho, mucho amor, tengan por seguro que continuarán leyéndolo por toda la eternidad.  



domingo, 16 de julio de 2017

LAS CRÓNICAS DE NARNIA: EL REGALO DE LEWIS

La ciudad de Cair Paravel, la capital del reino de Narnia (artista desconocido)



«Es de suprema importancia que los niños escuchen buenas fábulas y no malas»

Platón. La República


Hace casi 70 años C.S. Lewis creó una tierra de maravillas, fantasía y magia, de heroísmo, fe y sacrificio, y decidió dar a esta tierra el nombre de Narnia. Desde entonces, casi 100 millones de lectores han disfrutado con estas historias y su autor se ha convertido en un referente inexcusable de la narrativa fantástica infantil y juvenil.

Las Crónicas de Narnia (así es como se denomina vulgarmente la serie), fueron cuidadosamente elaboradas por Lewis, tanto a nivel de palabras, símbolos e imágenes, cuanto de temas y tramas, y ya es sabido que estos  libros (diversos como son en sus argumentos) tienen un claro enfoque cristiano, trasladado magistralmente al papel por Lewis por medio de un uso delicioso de la alegoría (aquello que tanta discusión le causó con su amigo Tolkien). En suma, se trata del relato de la Historia de la Salvación en un escenario de fantasía y Lewis lo hace como nadie.

Los antecedentes directos de estas historias -al menos en la parate referente a la fantasía-, se encuentran, sobre todo, en Edith Nesbit, tal y como reconoció en su día el autor (ver: EDITH NESBIT: REALMENTE FANTÁSTICA). 

Soy consciente de lo mucho y bien que se ha escrito y dicho sobre Lewis y su Narnia. Por ello, en esta entrada, me limitaré a un breve resumen, más temático que argumental, de cada una de las siete novelas del ciclo, centrándome en aquello que Lewis trató de depositar en ellas, o más bien los que otros como yo (en este punto, lo que sigue me parece muy osado e imprudente), y algunos otros mucho mejores que yo, entienden que quiso hacer. Finalmente haré una alusión a un posible sentido oculto de la obra. Quizás Lewis nos esté viendo; solo espero que esboce una sonrisa y sepa disculparme.


Carátulas de las primeras ediciones de las Crónicas
La serie suele ser vista como un relato simbólico y ataviado de fantasía, de lo que los cristianos conocemos como Historia de la Salvación y comprende siete libros, titulados así: El sobrino del mago (1955), El león, la bruja y el armario (1950), El caballo y el muchacho (1954), El príncipe Caspian (1951), La travesía del Viajero del Alba (1952), La silla de plata (1953),  y La última Batalla (1956).

En El sobrino del mago se representa una suerte de relato de la creación similar al Génesis. Así, el autor nos introduce en el mundo de Narnia, junto con los niños Polly y Digory, y nos explica cómo fue creado de la nada, a través del canto y la palabra de Aslan, el creador y prefigura de Dios, presentándonos también a Jadis, prefigura de Satanás, cuya presencia representa la entrada del mal en el mundo. Se nos da, por tanto, una visión poética y alegórica de la creación del mundo. La historia se desarrolla en el mundo real en 1900 y en Narnia nos encontramos en su año 1. 

En El león, la bruja y el armario se aparecen por primera vez los cuatro hermanos Pevensie, Peter, Susan, Edmund y Lucy, y se representa una versión narniana de la crucifixión y la resurrección, en la que Aslan (prefiguración de Nuestros Señor Jesucristo) sacrifica su vida para salvar a los habitantes de Narnia, terminando con el tiránico y diabólico reinado de Jadis, la bruja blanca. Mundo real: 1940. Narnia: 1000.


Ilustraciones para los libros de Pauline Baynes (1922-2008)

En El caballo y el muchacho se tratan las cuestiones de la salvación y conversión de los paganos y de la fe. Aparece Shasta, un joven huérfano de corazón puro. Aslan conduce a Shasta y sus compañeros hasta la seguridad de Narnia, la “Tierra Prometida”, donde encontrarán la libertad, travesía esta en el curso de la cual  Shasta debe vencer a su miedo a ciegas, poniendo su confianza en una voz desconocida (que es, por supuesto, Aslan). Es una historia paralela a la estancia en Narnia de los hermanos Pevensie. Mundo real: 1940. Narnia: 1014. 

En El Príncipe Caspian se relata una historia cuyo tema de fondo es la restauración de la fe verdadera en Narnia, tras haber sido reprimida y degradada por el reinado de Rey tiránico Telmar. Los cuatro niños Pevensie vuelven para ayudar a las criaturas mágicas de Narnia, las dríadas, los enanos y las bestias parlantes, logrando, con la intervención de Aslan, la restauración en el trono del joven Príncipe Caspian, un hombre de noble carácter que sigue la verdadera fe. Mundo real: 1941. Narnia: 2303. 

La travesía del viajero del alba continúa donde El príncipe Caspian termina. En la novela se explora la idea del viaje de la vida y de las pruebas a superar que lo acompañan. Así nos cuenta como Lucy, Edmund y su primo Eustace se unen al rey Caspian en su búsqueda de los Siete Señores, desterrados en su día por su malvado tío Miraz. Largo viaje lleno de aventuras, retos y peligros. Contiene la idea de que uno debe vivir moral y honorablemente. Mundo real: 1942. Narnia: 2356. 

En La Silla de Plata, Eustace regresa a Narnia en compañía de Jill Pole, una compañera de la escuela. Juntos son enviados por Aslan a buscar y rescatar al hijo del rey Caspian, el príncipe Rilian, quien lleva desaparecido diez años. El tema de este libro es similar al de El Príncipe Caspian. Eustace y Jill intentan cumplir la misión que les ha sido encomendada, ayudándose de los cuatro signos dados a Jill por Aslan, y continuando la guerra contra los poderes de la oscuridad. La silla de plata plantea interrogantes sobre la práctica continua de la fe cristiana y sus dificultades. Mundo real: 1942. Narnia: 2356. 


Mapa de Narnia dibujado por Pauline Baynes (1922-2008)
Finalmente, en La última Batalla se emula El Apocalipsis. Se recoge así la venida de un Anticristo, un mono llamado Shift (Triquiñuelas), cuyo dominio conduce a la esclavitud, al despojo y al asesinato de las criaturas de Narnia. Jill, Eustace, Edmund, Lucy, Peter, y unos Digory y Polly ya ancianos, regresan a Narnia para ayudar al rey Tirian. En la batalla final contra Shift, el rey Tirian, Jill y Eustace son empujados a través de una puerta tras cuyo umbral descubren otra,  "Más real y más bella" Narnia.  Esta referencia a una nueva Narnia se hace eco de la descripción de San Juan de una "Nueva Jerusalén" contenida en El Apocalipsis. Al caer la noche sobre la antigua Narnia, sus habitantes pasan ante Aslan para su juicio final, entrando algunos en la nueva Narnia y desapareciendo otros tras la sombra de Aslan. Los protagonistas descubren que los mundos que conocían antes -tanto su propio mundo como Narnia- son sólo sombras de la realidad última, el Cielo, que incorpora la verdadera esencia de todos los mundos y está gobernado por el único verdadero creador. Mundo real: 1949. Narnia: 2556. 

Tan importante como la recreación alegórica de estos acontecimientos de la Historia de la Salvación, es el significado moral más profundo que, con respecto a la naturaleza y práctica del cristianismo, se contiene entre sus páginas. Sus personajes son no sólo simpáticos y muy humanos, sino que también simbolizan diferentes tipos de creyentes cristianos. Así:

Lucy representa la fe verdadera e incondicional que ilumina con su esplendor e inocencia a los demás (lu-cy: Lux).

Con Peter y Susan, Lewis, yuxtapone dos tipos de creyentes. Peter, la "roca", que sigue a Aslan sinceramente, a pesar de cuantas pruebas se presenten en su camino y que es recompensado por su fe inquebrantable convirtiéndose en "Peter el Rey de Reyes de Narnia”.

En cambio Susan, en La última batalla, está ansiosa por creer mientras está en Narnia pero, una vez en el mundo real, pierde la fe, "ya no es un amiga de Narnia", se ha rendido al mundo material y es sorda a la llamada de Aslan.


Edmund, en El León, el Bruja y el armario, juega el papel de Judas, el traidor. Sin embargo tiene la oportunidad de redimirse aceptando la verdad de Aslan a medida que avanza la serie. Por ejemplo, en El príncipe Caspian es el único que respalda la afirmación de Lucy de ver a Aslan, y en La travesía del viajero del alba, conforta y anima a Eustace después de su episodio de conversión en dragón.


Lucy y Susan juegan con Aslan de Pauline Baynes (1922-2008)

Eustace, el primo de los hermanos Pevensie, entra la serie en La travesía del viajero del alba. Se trata de un niño que carece de imaginación, pervertido por la escuela y su educación materialista, lo que le impide percibir la belleza, el bien y la verdad. Pero su conciencia moral despierta paulatinamente tras convertirse en dragón y conocer a Aslan, quien le despoja de su piel escamosa arrojándolo a un pozo, en una especie de bautismo del que emerge como un hombre nuevo, convirtiéndose en un campeón de Narnia, un luchador por la verdad de Aslan en La última batalla.

No obstante lo dicho, algunos han tratado de ir más allá preguntándose cuál habría sido en realidad el sentido último de la obra, especulando si las escribió con un significado oculto y para nada evidente ¿por qué siete? ¿Cada una trata un tema distinto? ¿Hay un significado oculto que no sea aquel al que acabamos de referirnos?


Edmund delante de la guarida de Jadis, la Bruja Blanca, ilustración de Pauline Baynes

En este sentido hay una tesis interpretativa reciente sumamente sugerente (aunque ya se había especulado sobre si los libros representan a los siete pecados capitales, las siete virtudes o los siete sacramentos católicos), esbozada por uno de los más reconocidos expertos en C.S. Lewis y su obra, Michael Ward. Según esta tesis, las siete Crónicas serían una representación de los siete cielos del cosmos medieval. Cada novela de la crónica estaría diseñada de acuerdo con el simbolismo asociado a uno de estos siete cielos (todos y cada uno de ellos regido por un astro distinto) y que Lewis describió como «símbolos espirituales de valor permanente». En esta concepción astronómica medieval, por encima de la Tierra había un conjunto de esferas concéntricas regidas, cada una, por su propio astro celeste: la Luna, Mercurio, Venus, el Sol, Marte, Júpiter y Saturno. Por encima de estas esferas estaban las estrellas y allí, el Primum Movens, la morada de Dios. Cada libro de Narnia se habría basado en uno de estos cielos y su astro regidor, impregnándose con aquellos aspectos planetarios asociados tradicionalmente a los mismos, como jovialidad, marcialidad, saturnidad, etc.

Parecería simplista afirmar que El león, la bruja y el armario encarna únicamente el espíritu festivo de Júpiter, que El Príncipe Caspian se ocupa sólo sobre la guerra (como asociado a Marte), que La travesía del viajero del Alba trata simplemente sobre el Sol, que La Silla de Plata está relacionada con la Luna -cuyo metal asociado es la plata-, El Caballo y el muchacho con Mercurio, El Sobrino del Mago con Venus y el amor creador y La última batalla con Saturno, cierto, pero tampoco sería descabellado sostener que todos ellos parecen estar permeados con las características propias de esta medieval cosmología.

Pero especulaciones al margen (por muy atractivas que puedan parecer, y a mí me lo parecen), el centro de todo está el hecho de que Lewis escribió una serie excepcionalmente entretenida y de un elevado nivel artístico que vale la pena conocer. Además, en un mundo en el que se está expulsando a las convicciones religiosas a una esfera privada y silenciosa y donde la religión y la fe (y más si son cristianas) son a menudo dejadas fuera de los libros de los niños, relatos como estos de Lewis donde la moralidad cristiana y los mensajes de fe, humildad, confianza y honor son parte sustancial de su contenido, son muy necesarios y, en cierto modo pueden infundirnos cierta esperanza, dada su continua popularidad entre los niños (y adultos) de todos los lugares del mundo durante las últimas casi siete décadas.


Edicion en español de Planeta
En España los libros han sido editados en varias versiones (bolsillo de tapa blanda  y cartoné) por la Editorial Planeta (por cierto, con las clásicas ilustraciones de Pauline Baynes, lo que es de agradecer, pues ya son consideradas como inseparables del texto). El orden de lectura mas aconsejable no es el de su publicación. El propio Lewis parece mostrase partidario de una lectura ordenada según el discurrir cronológico de los acontecimientos (tal y como son ahora ordenados por la editoriales y tal y como los hemos ordenado aquí); pero no del todo, pues también señaló: «Cuando escribí El león, la bruja y el armario nunca pensé que escribiría más. Luego escribí El príncipe Caspian como una secuela y seguí sin creer que habría más libros. Y cuando terminé La travesía del Viajero del Alba, estaba convencido de que sería el último. Pero me di cuenta de que estaba equivocado. Tal vez no importe demasiado en qué orden sean leídos. De hecho, no estoy del todo seguro de que los otros libros fueran escritos en el mismo orden en que fueron publicados».  

Por lo tanto, parece que lo importante no es el orden, sino que sean leídos. No obstante, mi hija mayor L. dice que es imprescindible comenzar con El sobrino del Mago y terminar con La última batalla, pues en caso contrario será diíicil comprender bien todos los demás.

Creo que puede ser una buena lectura veraniega, tanto para padres como para hijos. Así que anímense, de verdad que valdrá la pena.

De 11 años a en adelante.




viernes, 14 de julio de 2017

EDITH NESBIT: REALMENTE FANTASTICA





Estudio de paisaje en el Norte de Noruega de Peder Balke (1804 –1887)



«Cada vez que un bebé se ríe por primera vez, nace una hada»

J.M. Barrie. Peter Pan y Wendy


A pesar de su vida poco recomendable y sus opiniones políticas y sociales algo excesivas (en absoluto reflejadas en sus libros para niños hay que decirlo; es más finalmente se convirtió al catolicismo), Edith Nesbit es un punto destacado en la historia de la literatura infantil y juvenil.

La Sra. Nesbit es considerada una precursora, como iniciadora que fue de ciertos subgéneros de la Literatura Infantil y Juvenil que florecieron más adelante, adentrado el siglo XX. Me estoy refiriendo a las aventuras de grupos de niños aparentemente libres  e independientes de los adultos (aunque sin dejar nunca fuera del alcance de la vista la seguridad de un núcleo familiar estable –casi todos sus protagonistas son hermanos–) y al denominado «realismo fantástico». Ella podría ser considerada como la hacedora de unos renovados (pero, afortunadamente, no demasiado) cuentos de hadas.

Por lo que han opinado algunos, entre los que se encuentran Kipling y Wells, Nesbit hizo las cosas bien. Por ejemplo C.S. Lewis dijo sobre ella: «En cuanto a mis libros para niños, los empecé en la tradición de E. Nesbit. Sin algunos de sus cuentos no hubiera empezado con las tierras de Narnia». De hecho, no solo allanó el camino para las historias de Narnia, sino que influyó decisivamente en escritores como Edward Eager, Madeleine L'Engle, Diana Wynne Jones y J. K. Rowling.

La primera de las dos temáticas comentadas es iniciada con la serie de los hermanos Bastable (Dora, Oswald, Dicky, los gemelos Alice y Noel, y Horace Octavius, al que todos llaman H.O), compuesta por cuatro libros (Los buscadores de tesoros (The Story of the Treasure Seekers, 1899), Los seremosbuenos (The Wouldbegoods, 1901), The New Treasure Seekers (1904) y Oswald Bastable and Others (1905, una colección de relatos), estos dos últimos no editados todavía en castellano.  


Alguno de los títulos editados en castellano

Se trata de historias de aventuras protagonizadas por niños (¿es quizás su inventora?); niños, por demás, suficientemente preparados y competentes; se ha llegado a decir por quienes dominan la materia, que se trata de niños que «no están sometidos a la dominación de los adultos, conversan libremente con sus mayores, tienen autonomía para desenvolverse como bien entienden y poseen la libertad de conciencia personal dada por una vida imaginativa rica».

En todas estas historias la autora introduce una novedad estilística, recogida después en muchos de sus otros libros; Nesbit nos traslada a un terreno nuevo, con una voz de niño como narrador (el mayor de los chicos, Oswald), lo que le permite introducir en el relato una original visión infantil. Oswald expresa las opiniones, las observaciones y las conclusiones de los hermanos Bastable cuando intentan comprender a los adultos y el mundo de los adultos. Por lo tanto, Nesbit, a través de Oswald, puede hablar directamente a los lectores infantiles de una manera un narrador adulto no podría.

Oswald afirma que no va a decir cuál de los seis niños está narrando la historia, pero su combinación de arrogancia y necesidad de aprobación, permite a los lectores más atentos adivinar su identidad más o menos a poco de empezar; mis hijas así lo hicieron. Además, Oswald, si bien es veraz, no es particularmente perceptivo, y los lectores pueden leer fácilmente entre líneas para ver, digamos, explicaciones alternativas a lo por él contado o adivinar cosas que sucederán aunque Oswald ni se lo imagine.
Ilustración de Los buscadores de tesoros de H.R. Millar (1869 – 1942)

Como ya he dicho, con esta serie de los hermanos Bastable, Nesbit se da inicio a una muy característica corriente en la Literatura Infantil y Juvenil (seguida sobre todo en el Reino Unido), como es la de las aventuras de grupos de niños libres de controles, regulaciones e inhibiciones, a quienes los adultos dejan a su aire. Muestras posteriores de esta corriente son los libros de Arthur Ramsome sobre los Vencejos y amazonas (ya mencionados en este blog; ver VENCEJOS Y AMAZONAS)  y las variadas series de Blyton, empezando por sus Famosos Cinco.

Como ye he comentado, Edith Nesbit es también la precursora de algo que más tarde ha sido denominado por los académicos como “Realismo Fantástico” (a pesar de que el término podría considerarse un oxímoron, porque “magia” y “realismo”, parecen términos irreconciliables-, y quizás por ello). Así pues, Nesbit, renovó y transformó la tradición de la fantasía, poniendo el foco de atención en el choque entre lo mágico y lo ordinario y en las consecuencias inesperadas que tienden a surgir cuando lo fantástico se introduce en la vida de todos los días.Unlike the fairy tale, fantasy is closely connected with the notion of modernity; Hizo ver en sus historias que el mundo corriente puede convivir y entremezclarse con el mundo de la fantasía e incluso que el primero puede llegar a ser tan caótico y atractivo como el segundo. Aquí es necesario puntualizar que el término mágico en Nesbit no se refiere a lo que vulgarmente se entiende por magia (sea blanca o negra), ni tampoco a la prestidigitación, sino a algo más profundo y, paradójicamente, real: al misterio de la vida, a lo maravilloso, a cualquier acontecimiento extraordinario, y en particular, a cualquier cosa espiritual e inexplicable que, se supone, ha sucedido realmente aunque no pueda saberse porqué ni cómo.

Dentro de este género destacan dos grupos de libros: la de la trilogía del Psammead, iniciada con la novela Cinco niños y algo y sus, más complicadas y místicas, obras posteriores, como El Castillo Encantado y La Ciudad Mágica.


Ilustración de H. R. Millar para Cinco niños y eso

Así pues, la primera serie donde la Sra. Nesbit desarrolla esa vena fantástica es la compuesta por los libros en los que aparece la criatura denominada «eso» (El Psammead), libros en los que Nesbit libera a sus protagonistas de las pocas ataduras que la cotidianeidad en que los hace discurrir ejerce sobre ellos; de esta manera, los niños descubren, para delicia de todos, «eso», y a partir de entonces ya nada es igual.  Este «eso» (el Psammead)  aparece ya en el libro citado, Cinco niños y eso, publicado en 1902, primer volumen de una trilogía que incluye también a El Fénix y la Alfombra (1904) y La Historia del Amuleto (1906). De este último libro C.S. Lewis escribió: «Este libro hizo lo máximo para mí, me abrió los ojos a la antigüedad, el oscuro retroceso y el abismo del tiempo». Ya como adulto comentaba: «Todavía puedo volver a leerlo con deleite»; y es que suele ser considerado una de los primeras novelas en tratar. el tema de los viajes en el tiempo.

En todos estos libros aparecen como protagonistas cinco hermanos: Robert, Jane, Cyril, Anthea, y el pequeñajo Hilario (apodado el Corderito) y en todos es característico y especial, como ya hemos comentado, el punto de vista narrativo, con la voz ligeramente sarcástica de quien es todavía un niño, aunque quizás un poco mayor y un poco más sabio que cualquier niño, aún sin dejar de serlo. Libros entretenidos, ingeniosos y saludables.

La segunda fase temática, más madura y compleja, está representada por novelas como El castillo encantado y La ciudad mágica. Aquí hablaré del primero de ellos.

El Castillo Encantado cuenta la historia de Gerald, Kathleen y Jimmy, tres hermanos que se ven obligados a pasar sus vacaciones en la escuela de verano de Kathleen. Un día, después de que Mademoiselle, la antipática profesora francesa de Kathleen, les haya dado su permiso, los tres niños salen a explorar un bosque cercano. En el centro de un hermoso jardín con enormes árboles, descubren un castillo encantado rodeado por un lago, arboledas, estatuas de mármol, enormes torres… En ese lugar, propio de los cuentos de hadas, se encuentran con quien dice ser una princesa, la cual les habla de encantamientos y de la magia del lugar, con tesoros y un anillo muy especial que procura la invisibilidad; sin embrago no todo es lo que la aparente princesa les cuenta parase verdad… ¿o sí?. Como en muchos otros libros de la autora, el lector es guiado en la narración, a través de una historia repleta de secretos y aventuras, por uno de los niños, en este caso Gerald.


Ilustración para el frontispicio del libro El castillo encantado de H. R. Millar

El castillo encantado es probablemente su mayor logro, y también una de sus obras más sentimentales, pues junto a la presencia, característica de la autora, de la magia y la fantasía mezcladas con lo cotidiano, nos encontramos con la trama secundaria de un romance en el que un anillo mágico finalmente se transformará en un anillo de bodas.

Por último hablaré de uno de sus mayores y más logrados éxitos, Los chicos del ferrocarril. Novela donde confluyen la cotidianeidad y el misterio, unidos a las tribulaciones y aventuras de un grupo de hermanos, temas, como ya sabemos, muy de Nesbit. 

Roberta, Peter y Phyllis son tres hermanos que viven felices en Londres, hasta que un día su padre desaparece. Sin muchas explicaciones por parte de su madre, se mudan al campo y se instalan en una casa que está cerca de una línea de ferrocarril. Los niños se fascinan con el ferrocarril y acuden diariamente a la estación. Se suceden numerosas aventuras pero el misterio permanece: ¿dónde está su Padre? ¿Volverá alguna vez? En el curso de estas aventuras se hace presente un personaje que se revelará decisorio para la historia: el viejo caballero que pasa todos los días en el tren y que les saluda con un pañuelo. Un día se ven obligados a implorar la ayuda de este personaje y a partir de aquí los acontecimientos se precipitan hasta un final, obviamente, feliz. El coraje, la fortaleza ante de las dificultades, los sacrificios, la amabilidad, la amistad y el amor filial están presentes a lo largo de la novela.


Frontispicio de una de las ediciones de Calleja ilustradas por Ribas y Zamora

Las historias de la Sra. Nesbit son edificantes, entretenidas y originales, es decir, intemporales, y por ello siguen siendo todavía apreciadas por los niños, a quienes nunca subestimó ni infravaloró;  ella misma nos explicó su método en una carta a su amiga Berta Ruck: «Es una cuestión de honor para mí nunca subestimar a los chicos. Algunas veces, a propósito, pongo una palabra que sé que no van a a entender para que le pregunten a un adulto el significado y, de paso, aprendan algo». Es de agradecer Sra. Nesbit.

Por cierto, Edith Nesbit era, hasta hace nada, poco conocida en el mundo hispanoparlante; a principios del siglo XX una editorial mítica como Calleja puso a disposición de los niños españoles parte de la obra cuentista de la autora. Se trata de libros bellamente editados, que solamente pueden ser encontrados en librerías de segunda mano y que, a causa de su rareza y escasez, presentan precios muy elevados.

Sin embargo, para disponer de su obra novelada ha habido que esperar muchos años. La serie del “eso” (la deliciosa criatura llamada Psammead) y los cinco hermanos, fue publicada en la década del 2000 por Andres Bello en Chile y más tarde, aquí en España, la Editorial ToroMítico ha ofrecido títulos como Los buscadores de tesoros (que ya había sido editada por SM en los años 80 en la Colección el Barco de Vapor, por cierto con unas ilustraciones espantosas como puede verse, nada que ver con las encantadoras ilustraciones victorianas de H. R. Millar contenidas en las ediciones anglosajonas), y Los seremosbuenos. 


Portadas ilustradas por Francisco Meléndez y por H.R. MIllar

Además, Alba Editorial publicaba a finales de los 90 El castillo encantado, ahora vuelto a publicar por Anaya (recogiéndose en ambas ediciones, por fin, los clásicos dibujos del prestigioso H. R. Millar) y la Editorial Almuzara La ciudad mágica y Los chicos del ferrocarril (recientemente publicada también por Siruela); por último Historias de dragones ha sido publicado por Anaya también con las ilustraciones de Millar (De este libro hablaremos en otra ocasión, lo prometo)

Para niños a partir de los 8 o 9 años en adelante los primeros y de los 11 en adelante los segundos.

Y para acabar, con el mismo cuidado y atención con que Edith Nesbit trató la fantasía infantil, esta es tratada en el poema que se ofrece como primicia a continuación, gracias a la amabilidad generosa de un amigo común, y que es cierre precioso e inmerecido a esta entrada:


  
CUENTO DE HADAS

                                    A mis hijos

Te mostraste ausente en un secreto
crepitar de nostalgia, voz ardida,
dibujaste en el aire flor hendida
para entrever la luz de tu alfabeto.

Capaz de sosegar cualquier aprieto
del tiempo contra el alma decaída,
navegando otra Vida con tu vida
por la margen del sueño mar inquieto.

Campante en tu corcel de fantasía
cruzando lanzas por volver porfía
al castillo interior del universo;

vas clareando los ojos con gracejo
anchuroso, tu cántaro de espejo
y un mágico bruñir alado y terso.
  

                                                     José A. Ferrari


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