viernes, 30 de junio de 2017

RELATOS A LOS PIES DE LA CAMA

Una lectura de Homero de Lawrence Alma-Tadema (1836-1912)


«El contar historias refresca la mente como un baño refresca el cuerpo.It gives exercise to the intellect and its powers. Da ejercicio al intelecto y sus poderes.It tests the judgments and feelings. Prueba los juicios y los sentimientos». The story-teller must wholly take into himself the life of which he speaks, must let it live and operate in himself freely. --FROEBEL.
Friedrich Fröbel.


Recuerdo muchas noches, muchas, tal cual las noches que soñó el sultán Shahriar con Sherezade… recuerdo los cálidos rostros de mis hijas, mudas de asombro, su atención y su ruego alborozado. Recuerdo el corazón satisfecho y su placido sentir, de deber cumplido, de acto de amor debido y dado. Recuerdo todo eso y quizás más… pero lo que no recuerdo es ninguno de los mil cuentos que les narraba mientras luchaban vanamente con el sueño; ellas escuchaban entre la vigilia y la ensoñación, cabalgando con su imaginación en ristre sobre mis palabras, pronunciadas quedamente o de forma apasionada, según tocase, sumergido en el relato de uno de aquellos mil cuentos, hijos por demás de los mil cuentos que escuche y leí cuando era niño. 

Pienso que esa experiencia, hoy abandonada ya (creo recordar que conté esos cuentos, todas las noches, durante cinco años), en su intimidad y delicia, ha dejado su huella, tanto en mí como en mis hijas, y una huella duradera y buena, he de decir.  
  
Ya he hablado en este blog de la importancia de la oralidad, de la conveniencia de practicar con nuestros hijos el relato verbal de historias y la recitación de poemas y rimas en alta voz (ver LA LECTURA EN VOZ ALTA). Esto no es más que una apostilla. Un refuerzo por si valiera de algo ¿o es que quizás, como sé que vale mucho, es algo que no puedo dejar de tener presente y quiero que ustedes lo tengan presente también? Es un recuerdo, es un deseo y es, de igual modo, una afirmación.

Porque la narración de cuentos es una de las más antiguas y universales de las artes y como las demás artes, hoy es olvidada. Thackeray dejó dicho al respecto:

«Existen historias en todas partes: no hay cálculo de la distancia a través de la cual nos han llegado, el número de lenguas por las que han sido filtradas o los siglos durante los cuales se han relatado. Muchas de ellas han sido narradas casi en su forma actual durante miles de años a los pequeños niños sánscritos de color cobre, que la han escuchado de sus madres bajo las palmeras a orillas de un rio (…) El mismo cuento ha sido oído por los vikingos del norte y por los árabes acostados bajo las estrellas en las llanuras sirias cuando sus rebaños estaban reunidos».

Volviendo a Thackeray, en sus Roundabout Papers, refiere a una veintena de guerreros con túnica blanca, sentados a la puerta de Jaffa o de Beirut, escuchando al narrador recitando las maravillas de Las Noches Árabes. Recuerdo también Una lectura de Homero, de Alma Tadema, cuya reproducción aquí acompaño, un cuadro bien conocido que retrata a los griegos escuchando La Iliada. Siguiendo con los griegos en el Lisistrata de Aristófanes, el coro de ancianos comienza con un esclarecedor «¡Te contaré una historia!» y Plutarco, en su Teseo dice: «En la fiesta de Oschofhoria se contaron todo tipo de historias, como cuando las madres relataron historias a sus hijos antes de su partida para darles valor».

El Decamerón o Los cuentos de Chaucer reflejan la costumbre, común en la Edad Media, del peregrino, del viajero, del abogado, del doctor, del monje o del campesino, de reunirse y contar, a la luz del fuego, historias. 

El propio Dante nos refiere la costumbre de las madres florentinas de contar cuentos a sus hijos y así dice en el Canto XV del Paraíso nos dice:

Another, drawing tresses from her distaff, «La otra, los hilos de su rueca toma,
Told o'er among her family the tales contando a la familia algún relato
Of Trojans, and of Fesole and Rome. del Troyano, de Fiesola o de Roma».
                        
Es pues cosa muy antigua y muy extendida esto de contar historias, es cosa de hombres y es cosa buena. Y aunque no es necesario que la audiencia sea humana (se dice que el joven Heine, en el jardín del palacio de Düsseldorf, practicaba la lectura en voz alta pronunciando cada sílaba de su Don Quijote, y ello para que los pájaros y los árboles, los arroyos y las flores fueran capaces de oír cada palabra), es muy conveniente que sean nuestros hijos quienes nos oigan, a nosotros y a nuestros relatos.    

Así que, si pueden, si tiene oportunidad y tiene fuerzas, háganlo, será reconfortante para ustedes y será bueno para sus hijos. 

BELLEZA, DELICADEZA Y ARMONÍA: BEATRIX POTTER, KATE GREENAWAY Y ELSA BESKOW

Miranda de John William Waterhouse (1849-1917)























«Enseña al niño el camino que debe seguir, y llegado a la vejez no se apartará de él»
Proverbios, 2,6

«Dame un niño hasta que tenga siete años y te mostraré el hombre»
Aristóteles


No supone desvelar ningún arcano el decir que los primeros años de un niño son los más decisivos para su existencia. Los hábitos tempranos mueren con dificultad, tal y como constata la experiencia; no otra es la idea que reposa tras la frase de Proverbios y la de el Estagirita. Por ello es urgente apresurarse, amanecer en la tarea de la enseñanza y la instrucción de nuestros hijos. Y uno de los aspectos importantes en esta ardua tarea es la dimensión estética, el conocimiento de la belleza. Esta educación en la belleza supone, ante todo, una liberación de la vulgaridad. Los griegos tenían una bella palabra para expresar «vulgaridad», ellos la llamaron apeirokalia, que significa falta de experiencia en las cosas bellas. Hay por tanto que darles a nuestros hijos esa experiencia de las cosas bellas y hacerlo pronto; este acceso temprano a la belleza se revelará crucial aunque sus frutos puedan ser tardíos. Quizás no los percibamos en algún tiempo, pero estos frutos  se  darán; y una buena forma de comenzar es hacerlo con algunos libros.

En esta primera infancia (hasta los siete años), los ojos de los niños son limpios, están recién estrenados, esperan ansiosos recibir algo que, si bien desconocen, no dejan de intuir, y ese algo es la belleza. Este conocimiento de la belleza provocará su asombro y les conducirá a un conocer autentico; no los estropeemos deformando su gusto con las antiestéticas y vulgares propuestas que, de un tiempo a esta parte, pululan en nuestro mundo postmoderno. Es este un tema del que ya he hablado (sobre todo en la entrada LAS ILUSTRACIONES) y por esta razón no voy a extenderme más. Así que, sin más demora, comencemos.

Como siempre, lo que sigue no son más que propuestas (eso sí, experimentadas y, a mi juicio, exitosas), relacionadas con alguno de los muchos libros y autores que representan en sus obras esa belleza buscada de la que hablo. Hoy trataré de tres de ellos: las obras de Beatrix Potter, Kate Greenaway y Elsa Beskow.


Beatrix Potter (1866-1943)

Ilustración de uno de los cuentos de Potter con el conejo Perico, uno de sus personajes principales.


Como le sucedió a C. S. Lewis en su primera infancia, cuando mis hijas se acercaron a los libros de Beatrix Potter «con ellos, llegó por fin, la belleza». No otra es la sensación que sus precisos y delicados dibujos causan en las almas de los niños. La belleza misma transita, relajada y ociosa, por las pequeñas páginas de sus pequeños libros. 

Este calificativo de «pequeños libros» es ostentosamente paradójico y ello porque, aun siendo físicamente pequeños podemos afirmar que sus dimensiones morales son bastante grandes. Lejos de ser simples cuentos de conejos y gatitos, sus historias guardan entre sus pocas páginas cierto peso emocional y profundidad.

Por lo demás, son precisamente estos libros y en este reducido formato los que recomendaba el profesor Senior; la razón, su facilidad de manejo para los pequeños ,en contraste con el peso y tamaño del enorme libro de 400 páginas que recoge en un solo volumen todos ellos. 

Otras dos ilustraciones de la Srta. Potter


Sin duda, lo más característico de las obras de Beatrix Potter es la ilustración. 

La Sra. Potter era una observadora entusiasta de la naturaleza y sus representaciones de animales son cuidadosas y detalladas. Su obra está influenciada por la preocupación prerrafaelita en copiar los detalles naturales. De hecho, fue alentada en su trabajo por John Everett Millais, uno de los fundadores del Movimiento Prerrafaelita y amigo de su familia, quien se dice le comentó: «mucha gente puede dibujar, pero tú…. tú tienes una especial capacidad de observación que te hace distinta». Esa pasión por la exactitud resulta llamativa y es de agradecer (por lo que tiene de instructiva, pues lo niños aprenden a conocer los animales tal y como son) y nos habla claramente de la deferencia y el gran respeto que la autora profesaba por la naturaleza.

Otro aspecto característico de sus ilustraciones de animales es su preocupación por la ropa; los vestuarios de sus protagonistas son cuidadosamente elegidos y fielmente reproducidos; se dice que la Sra. Potter hizo muchas excursiones a los museos de arte de Londres y que encontró fascinantes las colecciones históricas de vestuario de El Museo de Victoria y Alberto, donde al parecer tomo muchos bocetos que luego utilizó en sus acuarelas.

Se trata por tanto de unos libritos hermosos que proyectan una perspectiva novedosa sobre nuestra relación con la naturaleza, al tiempo que dejan traslucir un intenso amor y deleite por los animales; estos son los protagonistas absolutos de los relatos a quienes la autora atribuye hábitos y emociones humanas, todo ello en el marco de tiernas historias sobre amistad y aventura y con el trasfondo de un encantador entorno rural.

Muy recomendables. 

En España, los 23 pequeños tomitos de los cuentos han sido editados por la Editorial Debate y Los cuentos completos, en un solo tomo, pesado y de 400 páginas, por la Editorial Beascoa. A partir de los 3 años.


Kate Greenaway (1846-1901)

Juegos de niños, uno de los temas favoritos de la Sra. Greenaway


Se ha dicho por quien entiende, que las ilustraciones deliciosas de la Sra. Greenaway le darían derecho a un lugar entre los poetas, incluso aunque no hubiera escrito las pequeñas rimas que acompañan a sus dibujos, como sucede en alguna de sus obras.

También ha sido dicho que la Sra. Greenaway, con un profundo sentimiento de amor por los niños, muestra como nadie la naturaleza infantil en toda su ingenuidad.

A diferencia de la Sra. Potter, cuyas historias son claramente rurales y campestres, la Sra. Greenaway representa sus escenas con niños jugando en el interior de las casas y en sus jardines, configurando así un ideal de vida en el hogar que, sorprendentemente, no refleja su época, la Inglaterra del final del siglo XIX, sino la de principios del mismo siglo. De esta manera, sus personajes son vestidos a la manera de la Regencia, con trajes de corte imperio de cintura alta y con bonnets. Dibujando a sus personajes infantiles de esta forma, elegantemente ataviados e inmaculadamente limpios, su obra inspiró un nuevo estilo en el vestir de los niños.

El estilo de vestir característico de los niños dibujados por la Sra. Greenaway









Esta delicadeza en sus dibujos y acuarelas, de líneas finas y trazos sencillos, creó una imagen, idealista y de visión nostálgica, de una infancia romántica, lo que atrajo la atención del gran público de su época e inspiró a innumerables imitadores. Como Walter Crane explicó: «La gracia y el encanto de sus niños y niñas fue rápidamente reconocido y su tratamiento pintoresco de los trajes de principios del siglo XIX, los viejos jardines y el espíritu infantil de sus diseños, en el marco de una atmósfera de l´Ancien Régime, aunque tocada por un consciente esteticismo moderno, cautivó al público de una manera notable».

Lo cierto es que su arte ha soportado el paso del tiempo y la mayoría de sus libros son todavía impresos hoy. Tal ha sido su influencia, que el mayor y más prestigioso de los premios que se conceden anualmente al mejor ilustrador de libros infantiles lleva su nombre: el premio Kate Greenaway Medal.

La belleza es intemporal y en la obra de la  Sra. Greenaway se encuentra parte de esa belleza. 

En España, Lumen ha editado Al pie de mi ventana y En el jardín, libros de versos y rimas infantiles escritos y ilustrados por Greenaway, además, la maravillosa versión en verso de El Flautista de Hamelin de Robert Browning, con ilustraciones de la artista, ha sido editada por Alfaomega y el famoso libro El lenguaje de las flores por Elfos. 

Para niños de  5 en adelante.


Elsa Beskow (1874-1953)

Portada de uno de los libros de Beskow publicados en castellano


Elsa Beskow es considerada la ilustradora de libros para niños más querida de Suecia; desde hace más de cien años los niños suecos han crecido acompañados de sus preciosos libros. Pero los libros de la Sra. Beskow no solo son conocidos en Suecia sino que han traspasado fronteras, haciéndose muy populares en todo el mundo.

Son cuentos sencillos y claros, con unas magníficas ilustraciones que conducen al lector a una Suecia idílica a finales del siglo XIX con escenas de una vida rural en pleno contacto la naturaleza. 

Nuestra autora encontró su inspiración en su propia vida. La casa familiar donde nació y vivó la Sra. Beskow era una antigua mansión de madera situada en la campiña sueca, en Djursholm, a las afueras de Estocolmo. La casa tenía un enorme y salvaje jardín en el que la artista se inspiró para sus maravillosas ilustraciones de flores, plantas, árboles y animales. Esta realidad natural es combinada en sus libros con la fantasía y los cuentos de hadas, pues en los bosques y prados que aparecen en sus historias, los niños protagonistas se encuentran con elfos y duendes, los animales hablan y las bellotas cobran vida. Todos estos cuentos eran relatados por la Sra. Beskow a sus seis hijos y más tarde a sus numerosos nietos, sin cuyo visto bueno nada era publicado.

Otra de las maravillosas ilustraciones de la Sra. Beskow


Pero la inspiración de Elsa Beskow venía de más lejos, nada menos que de su infancia; cuando era niña pasaba largas horas dibujando árboles y flores en primavera y en verano, y, desde muy corta edad, leía con entusiasmo cuentos de hadas, cuentos que más tarde, con ayuda de su fértil imaginación, reelaboraba para relatárselos a sus hermanos. La Sra. Beskow creció pues rodeada de cuentos de hadas y en un ambiente de contacto pleno con la naturaleza, habiendo conservado como adulto la visión pura y maravillosa de un niño que se asombra ante lo creado, tal y como puede verse en sus libros.

Os los recomiendo encarecidamente. 

En castellano se han editado pocos libros de Elsa Beskow; así, Los niños del bosqueEl huevo del Sol y Las aventuras de Bellota, Avellanita y Castañita, han sido editados por Ivette Noguera García Edicions. Desde los 5 años.




jueves, 29 de junio de 2017

LA CASA DE LA PRADERA

Camino de Oregon de Albert Bierstadt (1830–1902)

























«Hogar es la palabra más dulce que hay»
Laura Ingalls Wilder


Hay novelas que relatan ritos de paso y novelas que recrean la cotidianidad de un concreto momento en una época y un lugar determinado. Las primeras trasmiten un mensaje universal (esa necesaria transición entre la infancia y la adultez y los medios de que se sirve el hombre para hacer tamaño salto) y las segundas solo a veces lo hacen. Las novelas de las que vamos a hablar reúnen todas estas características: son novelas que recogen ritos de paso, novelas de vidas cotidianas y, a un tiempo, novelas universales.

Se trata de la serie conocida como La casa de la pradera, relatos de corte autobiográfico escritos por Laura Ingalls Wilder al final de su vida, trenzados de recuerdos y trufados de nostalgia, en los que la escritora nos cuenta su infancia en el seno de una familia de pioneros y su vida de frontera en los Estados Unidos de America de finales del XIX. Nacida cerca de Pepin, Wisconsin, en 1867, Laura Ingalls Wilder pasó la mayor parte de su infancia en camino, atravesando el territorio indio en Oklahoma y las praderas de Minnesota y de Iowa, para finalmente llegar a De Smet, Dakota del Sur; ella, y con ella su familia, como pioneros que fueron, siempre estuvieron en camino, hacia delante, sin desfallecer, en la esperanza de encontrar algo mejor. Estos libros son la historia de esa infancia y juventud.

La serie está formada por ocho novelas (aunque hay una novena titulada Un granjero de diez años, 1933, en la que Laura relata la infancia del que se convertiría en su marido, Almanzo Wilder): La casa del bosque, 1932, La casa de la pradera, 1935, A orillas del río Plum, 1937, En las orillas del lago de Plata, 1939, El largo invierno, 1940, La pequeña ciudad en la pradera, 1941, Aquellos años dorados, 1943 y Los primeros cuatro años, 1971 (póstuma); todos publicados por Noguer Ediciones.

Los nueve libros de la serie editados por Noguer.



Los libros de la familia Ingalls (Pa, Ma, Mary, Laura y Carrie) entusiasmarán a vuestros hijos y les trasladarán a un mundo muy distinto de aquel en el que viven, y no solo por la distancia temporal; se sumergirán en una atmósfera más humana, un ejemplo de vida natural, frugal y dura pero llevadera, con una familia de las de verdad, de lazos afectivos recios y duraderos y una mayor comunión con la naturaleza. Pero no se engañen, Ingalls nos cuenta lo que vivió, y si bien añade a su relato, como polvos de azúcar, algunos matices agradables, suavizando algunos sucesos, escribe sobre lucha, dificultades y tiempos difíciles. Así nos describe la soledad de los Grandes Bosques y la implacable justicia natural de los elementos desatados sobre las grandes planicies de Minnesota y Oklahoma, con el fuego, el viento, la lluvia y la nieve causando sequías, incendios, heladas e inundaciones. Pero todo ello lo hace delicadamente, con una mirada nostálgica, tierna y hasta humorística hacia una familia que no tiene distracciones ni recursos más allá de sí misma y de la pequeña comunidad de colonos en la que vive, y todo ello sin olvidarse del amor. Laura aprende a confiar en su Ma y en su Pa y a compartir, entre juegos y labores, el pan y las estrecheces con sus hermanas, siendo esta dificultad compartida el suelo fértil en el que el amor crece. No hay lugar para nuestros placeres epicúreos y evanescentes, pero si para una alegría auténtica, desbordante y contagiosa.

La pradera es mi jardín de Harvey Dunn (1884-1952)



Así que no se asusten, pues la autora, ciertamente, nos relata una infancia marcada por la privación, sí, pero llena de entusiasmo y gozo, en la que ella y sus hermanas podían recibir cada una un penique y un caramelo como obsequio de Navidad con ilusión y agradecimiento, donde los lobos rondaban y aullaban alrededor de la cabaña, pero ellas se sentía seguras bajo el abrazo de Pa, donde kilómetros de pradera repentinamente se encendían en llamas que se propagaban aunadas con el viento, calcinado todo a su paso y donde nubes de langostas oscurecían el cielo y arrasaban las cosechas hasta dejar la tierra desnuda, pero la familia unida podían volver a recomenzar sin desánimo. De esta forma, a pesar del rastro de la adversidad al que los Ingalls se enfrentaban, los libros –especialmente los primeros– trasmiten el sentir de una infancia feliz y atareada, donde los problemas y preocupaciones de los adultos están prácticamente ausentes. Según Laura nos cuenta, estos peligros y privaciones les afectaban poco porque «Ma siempre estaba allí, serena y tranquila, y a su lado se encontraba, firme y protector, Pa, con su violín y sus canciones».
Cuatro de las numerosas ilustraciones que acompañan a los libros dibujadas por Garth Williams (1912-1996)



Laura Ingalls Wilder es capaz de ofrecer en sus libros la sensación de lo que era estar allí, entre bosques y praderas, en el lenguaje simple pero hermoso de la niña que fue; un ejemplo lo encontramos en como nos describe lo que para una chiquilla de pocos años suponía dormir por primera vez en una casa de césped (enterrada en la ladera de una colina), en A orillas del río Plum:

«Los pacíficos colores recorrían todo el borde del cielo. Los sauces respiraban y el agua charlaba consigo misma en el crepúsculo. La tierra mostraba un color gris oscuro. El cielo, un gris claro, mientras las estrellas lo atravesaban esplendorosamente... Laura se acostó en la cama y prestó atención al agua que charlaba y a los sauces que susurraban. Sin embargo, habría preferido dormir al aire libre, aunque hubiese oído lobos, que dentro de la seguridad de aquella casa subterránea».

O cuando, en el último párrafo de La casa del bosque, nos dice:

«Se sintió contenta por la acogedora casa, por Pa y por Ma y por fuego en el hogar y por la música, que eran el presente. No podían caer en el olvido, pensó, porque el presente es ahora. Nunca puede ser un pasado tiempo lejano».

Hermoso verdad. Dénselo a leer a sus hijos a partir de los 10 años (en opinión de mis hijas, los tres primeros libros son los mejores); les aseguro que lo disfrutarán.


sábado, 17 de junio de 2017

DE LOS MALOS LIBROS Y LAS MALAS LECTURAS



Monasterio de la Santísima Trinidad en Meteora. Veselin Atanasov 



«Omnia mutantur, nihil interit»
(Todo cambia; nada se pierde para siempre)
Ovidio



Creo no equivocarme mucho si digo que, hoy día, todavía se encuentra entre los padres un cierto consenso al respecto de la conveniencia de que los niños lean. Y no solo entre los padres, sino que tal convicción se extiende tanto a los maestros como a las autoridades establecidas.

Sin embargo, no creo tampoco errar demasiado si afirmo que esta convicción se circunscribe a esto del leer, olvidando que aquello que se lee tiene también una importancia capital, puesto que ello tanto puede ser perjudicial como beneficioso. Lamentablemente muchos padres se preocupan por que sus niños lean, y se sienten satisfechos cuando estos lo hacen, sea lo que sea aquello que es leído. Y esto es en mi opinión –aunque no estoy solo, no vayan a creer-, un error, pues dejan su trabajo a medias.

Me explico, y lo hago esbozando brevemente dos ideas capitales.

San Pablo dejo dicho a los Romanos aquello de «deseo que seáis sabios para lo que es bueno, e inocentes para lo que es malo». Por otro lado, hay un viejo axioma escolástico que dice que lo que se recibe, se recibe a la forma y manera del receptor; esto es, como dice en palabras mucho más hermosas el Padre marista Thomas Dubay, «un sello hace una impresión o no de acuerdo a la condición de la cera. Una cera fría se agrieta y se desmorona, mientras que una cera líquida y caliente no retiene ninguna impresión. Sólo una cera a una temperatura adecuada recibe y retiene la imagen».

El peso de verdad que contienen estas frases debería hacer discurrir nuestra atención –la poca que nos queda–, hacia aquello –mejor aquellos–, que más la merecen, pues son el sujeto, objeto y fin de nuestra misión, encomendada por el mismo Cristo: nuestros hijos. No les demos cosas malas (dejemos que sean «inocentes para lo que es malo») ni tampoco cosas excesivamente complejas e inaccesibles para ellos (recordemos que «un sello hace una impresión o no de acuerdo a la condición de la cera»).

Cuidemos entonces de cómo se alimenta su espíritu, pero partiendo siempre de qué deben asimilar y cómo y en qué grado pueden hacerlo. Démosles aquello que resulte bueno para ellos y démoselo en su justa medida y en su preciso momento.

Todos sabemos que un alimento pobre en nutrientes puede llevar a nuestros hijos hacia el raquitismo, y un alimento descuidado y descompuesto puede llevarlos al envenenamiento. De la misma manera, un alimento excesivamente elaborado puede ser igual de contraproducente y estorbar, más que impulsar su crecimiento; y ello, por cuanto el niño no tiene todavía la madurez precisa, tanto para poder absorber lo que se le da, cuanto porque lo que recibe, al no poder ser asimilado o ser asimilado pobre o defectuosamente, causa daño, retrasando o desviando el crecimiento. Así, esta mala alimentación, aunque sea en exceso, provoca secuelas que se arrastran durante toda la vida: un insuficiente desarrollo de huesos y músculos, o incluso deficiencias neurológicas.

Los caballos de Neptuno de Walter Crane (1845-1915)


No otra cosa pasa con el alimento espiritual, moral e imaginativo. 

Como alimento moral e imaginativo, los libros pueden estar en buenas condiciones, ser saludables y ser convenientes, pero también pueden ser todo lo contrario; pueden pues beneficiar o perjudicar a nuestros hijos. El libro, en sí mismo –igual que la lectura en que se desenvuelve y se hace vivo–, no es bueno ni malo, pero creo que todos coincidiremos, en que hay libros concretos que son buenos y libros concretos que son malos. Por ello no debemos dar cualquier libro a los niños. La vieja idea del Index reposa aquí, pero matizada por el deber de protección que incumbe a cada padre y la inocencia e indefensión propia de los niños.

Es obvio que todos rechazaríamos poner en manos de los niños libros inapropiados, bien sea por su inmoralidad, bien sea por su tratamiento de temas a los que, por el momento, deberían ser ajenos (como el sexo, las drogas o el suicidio), bien sea por razón de su crudeza o dureza en el tratamiento de los asuntos que les ocupen. 

Pero, igualmente habremos de estar atentos a no poner entre sus manos, o dejar a su alcance, libros que puedan crearles inestabilidad emocional y dudas espirituales o morales, libros que prediquen un materialismo extremo, un nihilismo existencial o un relativismo vital.

Por último, tampoco dejemos de lado el control de aquellos libros que por su altura o complejidad debieran serles servidos más adelante, pues tales lecturas precoces pueden dejar en el alma del niño o el joven un sentimiento de frustración o impotencia que puede llevarle a alejarse de la lectura o conducirle a conclusiones o ideas extraviadas del buen sentido original de la obra.

Porque todos los libros encierran una verdad moral y una verdad estética, pero esta puede ser inadecuada e incluso suponer la propia negación de la moral o de la estética. Y eso no debe olvidarse. Por tal razón, hay que buscar la compañía de los buenos libros; no debemos olvidar que el amor de lo bueno y bello lleva al amor por la verdad y que la belleza, según decían los clásicos, no es sino la «expresión visible de la verdad y de la bondad». Así que, esto, esto es lo que debemos buscar en los libros, en los buenos libros.


Silencio de Tatyana Deriy (1973-)


Entonces, creo que todos tenemos clara la conveniencia de que es preciso hacer algo (promover la lectura) y cuál sería la mejor forma para hacerlo (facilitando a los niños la lectura de los buenos libros). Así que hagan saber a sus niños que es muy conveniente leer y que no se debe leer cualquier cosa, sino aquellos libros que son bellos, buenos y verdaderos, y háganlo, sabiendo que la mejor forma para lograrlo es que ustedes mismos lean, lean para sus hijos y lean con sus hijos este tipo de libros. Este ejemplo de vida calará en sus almas y les hará mejores hombres.